—¿Ha venido su padre de usted? ¿Ha llegado el médico?—interrogó ansiosamente Julián, no atreviéndose a preguntar otra cosa.

—No, señor.... De aquí a Cebre hay un bocadito.

En el comedor encontró Julián al marqués cenando con apetito formidable, como hombre a quien se le ha retrasado la pitanza dos horas más que de costumbre. Julián trató de imitar aquel sosiego, sentándose y extendiendo la servilleta.

—¿Y la señorita?—preguntó con afán.

—¡Pss!... Ya puede usted suponer que no muy a gusto.

—¿Necesitará algo mientras usted está aquí?

—No. Tiene allá a su doncella, la Filomena. Sabel también ayuda para cuanto se precise.

Julián no contestó. Sus reflexiones valían más para calladas que para dichas. Era una monstruosidad que Sabel asistiese a la legítima esposa; pero si no se le ocurría al marido, ¿quién tenía valor para insinuárselo? Por otra parte, Sabel, en realidad, no carecía de experiencia doméstica, ni dejaría de ser útil. Notó Julián que el marqués, a diferencia de algunas horas antes, parecía malhumorado e impaciente. Recelaba el capellán interrogarle. Determinóse al fin.

—¿Y... dará tiempo a que llegue el médico?

—¿Que si da tiempo?—respondió el señorito embaulando y mascando con colérica avidez—. ¡Como no lo dé de más! Estas señoritas finas son muy delicadas y difíciles para todo.... Y cuando no hay un gran físico.... Si fuese por el estilo de su hermana Rita....