—¡Farsante!—gritó—. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para qué vas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y después lagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen los valientes?
Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al niño que, cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un sorbo. El marqués aplaudió:
—¡Retebién! ¡Viva la gente templada!
—No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de punta—murmuró el abad de Ulloa.
—¿Y no le hará daño tanto vino?—objetó Julián, que sería incapaz de bebérselo él.
—¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios!—respondió el marqués, con no sé qué inflexiones de orgullo en el acento—. Déle usted otros tres, y ya verá.... ¿Quiere usted que hagamos la prueba?
—Los chupa, los chupa—afirmó el abad.
—No señor; no señor.... Es capaz de morirse el pequeño.... He oído que el vino es un veneno para las criaturas.... Lo que tendrá será hambre.
—Sabel, que coma el chiquillo—ordenó imperiosamente el marqués, dirigiéndose a la criada.
Ésta, silenciosa e inmóvil durante la anterior escena, sacó un repleto cuenco de caldo, y el niño fue a sentarse en el borde del lar, para engullirlo sosegadamente.