Explicó detenidamente varias lides, no muchas aún, porque empezaba a asistir, como quien dice. Él estaba por la expectativa: el mejor comadrón es el que más sabe aguardar. Sin embargo, se llega a un grado en que perder un segundo es perderlo todo. Al aseverar esto, paladeaba sorbos de ron.
—¿Sabel?—llamó de repente.
—¿Qué quiere, señorito Máximo?—contestó la moza con solicitud.
—¿Dónde me han puesto una caja que traje?
—En su cuarto, sobre la cama.
—¡Ah!, bueno.
Don Pedro miró al médico, comprendiendo de qué se trataba. No así Julián, que asustado por el hondo silencio que siguió al diálogo de Máximo y Sabel, interrogó indirectamente para saber qué encerraba la caja misteriosa.
—Instrumentos—declaró el médico secamente.
—¿Instrumentos..., para qué?—preguntó el capellán, sintiendo un sudor que le rezumaba por la raíz del cabello.
—Para operarla, ¡qué demonio! Si aquí se pudiese celebrar junta de médicos, yo dejaría quizás que la cosa marchase por sus pasos contados; pero recae sobre mí exclusivamente la responsabilidad de cuanto ocurra. No me he de cruzar de brazos, ni dejarme sorprender como un bolonio. Si al amanecer ha aumentado la postración y no veo yo síntomas claros de que esto se desenrede... hay que determinarse. Ya puede usted ir rezando al bendito San Ramón, señor capellán.