Intentó el capellán disuadirla: temía que se cansase, que se enfriase al atravesar los salones, al bajar al claustro. La señorita no dio más respuesta que dejar la labor, envolverse en su mantón y echar a andar. Cruzaron a buen paso la fila de habitaciones extensas, desamuebladas, casi vacías, donde las pisadas retumbaban sordamente. De tiempo en tiempo, Nucha volvía la cabeza atrás a ver si la seguía su acompañante, y el ademán de volverla revelaba alteración y zozobra. En la diestra columpiaba un manojo de llaves. Salieron al claustro superior, y por una escalerilla muy pendiente descendieron al inferior, cuyas arcadas eran de piedra.
Llegados al patín que cerraba el grave claustro, Nucha señaló a un pilar que tenía incrustada una argolla de hierro, de la cual colgaba aún un eslabón comido de orín.
—¿Sabe usted qué era esto?—murmuró con apagada voz.
—No sé—respondió Julián.
—Dice Pedro—explicó la señorita—que estuvo ahí la cadena con que tenían sujeto sus abuelos a un negro esclavo.... ¿No parece mentira que se hiciesen semejantes crueldades? ¡Qué tiempos tan malos, Julián!
—Señorita..., a don Máximo Juncal, que no piensa más que en política, todo se le vuelve hablar de eso; pero mire usted, en cada tiempo hay su legua de mal camino.... Bastantes barbaridades hacen hoy en día, y la religión anda perdida desde estas grescas.
—Pero como aquí—observó Nucha, formulando sencillamente una observación histórico-filosófica de bastante alcance—no ve uno sino las atrocidades de los señores de otro tiempo..., parece que son las únicas que le dan en qué pensar.... ¿Por qué serán tan malos cristianos los hombres?—añadió entreabriendo los labios con cándido asombro.
El cielo se oscureció más en el momento de expresarse así Nucha; un relámpago alumbró súbitamente las profundidades de las arcadas del claustro y el rostro de la señorita, que adquirió a la luz verdosa el aspecto trágico de una faz de imagen.
—¡Santa Bárbara bendita!—articuló piadosamente el capellán, estremeciéndose—. Volvámonos arriba, señorita.... Está tronando. Como este año no tuvimos cordonazo de San Francisco..., ya se ve, el equinoccio no quiere pasar sin esto.... ¿Subimos?
—No—resolvió Nucha, empeñada en combatir sus propios terrores—. Ésta es la puerta del sótano.... ¿Cuál será la llave?