Explosión de preguntas, de risas, de protestas.
—¿Una cosa del otro mundo?
—¿Un ánima del Purgatorio?
—¿Pero él era persona o animal o qué mil rayos era?
—Abrir la puerta, que esta mentira no cabe en la habitación.
—¡Así Dios me salve y me dé la gloria como es verdad!—clamó el hocico de ratón, poniendo el semblante más compungido del mundo—. ¡Era, con perdón, la descarada de la liebre, que brincó por riba de mí y me tiró patas arriba!
La aclaración produjo verdadero delirio. Don Eugenio, el abad de Naya, se abría literalmente de risa, apretándose las caderas con ambas manos, quejándose y derramando lágrimas; el marqués de Ulloa lanzaba carcajadas poderosas; hasta Primitivo modulaba una risa opaca y turbia. El bueno del ratón no podía ya entreabrir los labios para hablar sin que la hilaridad se desatase. En toda reunión de cazadores (gente amiga de bromas pesadas) hay un bufón, un juglar, un gracioso obligado, y este papel correspondía de derecho a la escopeta negra, que se prestaba a desempeñarlo de bonísima gana. Acostumbrado a pasarse los días y las noches al sereno, en espera de la liebre, del conejo o de la perdiz; hecho a apretarse la cintura con una cuerda, a la manera de los salvajes, en las muchas ocasiones en que le faltaba un mendrugo de pan que roer, el mísero ratoncillo era dichoso cuando le tocaba cazar con gente de pro, de la que se lleva al cazadero botas henchidas de lo añejo, lacones cocidos y cigarros; ufanábase cuando le celebraban sus patrañas: las narraba cada día con mayor seriedad, convicción y tono ingenuo, y a todas las chanzas respondía invocando a Dios y a los santos de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambóticas.
De pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, mapamundi de remiendos, y moviendo con risible rapidez nariz y boca, que tenía de color de unto rancio, aguardaba a que le pidiesen algún nuevo episodio tan verosímil como el de la liebre; pero ahora el turno le correspondía a don Eugenio.
—¿Saben—decía medio llorando y salivando aún de risa—un caso que pasó entre el canónigo Castrelo y un señor muy chistoso, Ramírez de Orense?
—¡El canónigo Castrelo!—exclamaron el cura de Boán y el marqués—. ¡Qué apunte! ¡De órdago! Ése las suelta... como la torre de la Catedral.