—No sé lo que dije cuando me lastimaste en el brazo—replicó Lucía recobrando su entereza—; lo cierto es que eché una carta ahora mismo.

—¿Y por qué no me la diste a mí? ¿Por qué te vienes tú... sola?

—Quise echarla yo misma.

Alguna gente que pasaba volvía la cabeza, para oír el diálogo en irritada voz y extranjero idioma.

—Estamos dando espectáculo—dijo Miranda—. Vente.

Internáronse por callejuelas excusadas, y guardaron silencio elocuente por espacio de algunos minutos.

—¿Para quién era esa carta?—interrogó al cabo el marido en voz breve.

—Para Don Ignacio Artegui—contestó Lucía en tono reposado y firme.

—¡Ya lo sabía yo!—dijo entre dientes y mascando una imprecación Miranda.

—Su madre se ha muerto.... Bien lo has oído hoy.