—Suplico a usted que me ayude a bajar a esta señorita, que viene enferma....
Pero fijándose de pronto en la cara de aquel hombre, exclamó dando una gran voz:
—¡Sardiola!
—¡Señorita!—contestó el vasco con no menor alegría, cordialidad y sorpresa—. ¡Yo que no la había conocido a usted! ¡necio de mí! Ya se ve, son tantos los viajeros que uno lleva y trae y espera y despide en esa bendita estación.... ¡Jesús!
Y después de considerar a Lucía algunos instantes más, añadió:
—No, ello es que también se ha desfigurado usted mucho.... Si no parece usted la misma que cuando la acompañaba el señorito Ignacio....
A este nombre, que ninguna voz humana había hecho resonar en sus oídos por tanto tiempo, Lucía se encendió y se puso como una guinda; y bajando los ojos, murmuró:
—Subamos a nuestras habitaciones.... Pilar, vente. Echame así, un brazo al cuello... otro a Sardiola... apóyate sin miedo, anda.... ¿Quieres que te llevemos a la silla de la reina?
Y el vasco y la valerosa amiga cruzaron las manos y alzaron blandamente en el improvisado trono a la enferma, que se dejó ir como un cuerpo inerte, recostando la cabeza en el cuello de Lucía y humedeciéndoselo con el viscoso sudor de la calentura. Subieron así las escaleras hasta el entresuelo, donde introdujo Sardiola a ambas mujeres en una ancha y desahogada habitación en que no faltaba su marmórea chimenea, sus monumentales camas colgadas, su alfombra de moqueta algo desflorada y raída a trechos, sus lavabos y sus perchas clásicas. Caía la pieza a un jardinete, en cuyo centro ligero kiosco de madera y cristales servía de sala de baño. Depositaron a Pilar en una butaca y Sardiola se quedó en pie esperando órdenes. Su mirada, negra y reluciente como la de un cachorro de Terranova, se clavaba en Lucía con sumisión y afecto verdaderamente caninos. Ella, por su parte, se mordía los labios para retener las preguntas que impacientes asomaban a ellos. Sardiola adivinó, con su instinto fiel de animal doméstico, y prevínole el deseo.
—Cuando las señoritas necesiten algo...—dijo tímidamente, como el que no se atreve a hacer un favor—, llámenme siempre—, siempre.... Si estoy en la estación, llamen por Juanilla... es la camarera de este tramo, una muchacha lista como una pimienta.... Pero siempre que yo pueda servir de algo... vamos, que me alegraría mucho; basta haber visto a la señorita con el señorito Ignacio....