Lucía sollozó amargamente.
—Vamos, ánimo, pobrecita, hijita mía... siguió el padre espiritual cada vez más meloso y consolador. Y ¡por Dios y su madre santa! A España, a España mañana mismo.
—¿Con él?—preguntó Lucía horrorizada.
—Él hace sus maletas para tomar el tren de la noche.... Se va a Madrid... La deja a usted.... Si usted quisiera arrojarse a sus pies, y con humildad y arrepentimiento....
—Eso no, padre...—gritó la altiva castellana—. Creerá que soy lo que él me llama.... No, no.—Y con más blandura, añadió—: Padre, hoy me he portado como buena, pero estoy rendida..., no me pida hoy más. Fáltanme ya las fuerzas.... Piedad, Señor, piedad.
—Pido, sí, pido por amor de Jesucristo... que mañana mismo se vaya usted a España.... No me aparto de usted hasta dejarla en el tren.... Váyase usted, hija querida, con su padre. ¿No ve usted que tengo razón? Qué creerá su marido de usted si se queda usted aquí... pared por medio... usted es demasiado discreta y buena para intentarlo siquiera. ¡Por esa criaturita! Que su padre se persuada.... porque se persuadirá con el tiempo y su conducta de usted.... ¡Ah! ¡No separe el hombre lo que Dios ha unido! Él volverá, volverá al lado de su esposa..., no lo dude usted. Hoy en su cólera... se dejó arrastrar... pero mañana....
Sollozos más hondos y desgarradores fueron la respuesta.
El Padre Arrigoitia estrechó cariñosamente las manos de la afligida.
—¿Me promete usted...?—murmuró con ardiente súplica, con la autoridad toda de su voz, acostumbrada a mandar en los espíritus.
—Sí, respondió Lucía.... Me iré mañana... pero déjeme ahora desahogar..., me muero.