—¿Se ha quedado su padre de usted en León?—preguntó Artegui.

—Sí, en León.... Si él supiese lo que pasa, tendría un terrible disgusto. ¡Él, que me hizo tantos cientos de encargos y advertencias! Que tuviésemos cuidado con los ladrones... con las enfermedades... con no tomar sol... con no mojarnos.... Vamos, cuando lo pienso....

—¿Es anciano su padre de usted?

—Viejecito, viejecito... pero muy guapo y bien conservado, más hermoso que un oro para mí. Yo logré la suerte de tener el mejor padre de toda España... no ve sino por mis ojos el pobre.

—¿Es usted única, acaso?

—Sí, señor... y huérfana de madre desde que era así—explicó Lucía bajando la extendida mano y colocándola a la altura de sus rodillas—. ¡Qué! ¡si aún mamaba cuando se murió mi madre! Y mire usted, esa fue la única desgracia que yo tuve; porque por lo demás, personas habrá felices, pero más de lo que yo lo fui....

Artegui posó en ella sus ojos dominadores y profundos.

—¡Era usted feliz!—repitió, como un eco del pensamiento de la niña.

—¡Vaya! Sí que lo era. El Padre Urtazu me decía a veces: cuidado, chiquilla; mira que Dios te lo está pagando todo adelantado, y después, cuando te mueras, ¿sabes tú lo que va a decir? Que no te debe nada.

—¿De suerte que usted—preguntó Artegui—nada echaba de menos en su tranquila existencia de León? ¿No deseaba usted nada?