Anunciaba ya la máquina con algún silbido la próxima marcha; acelerábase en el andén el movimiento que la precede, y temblaba el suelo bajo la pesadumbre de los rodantes camiones, cargados de bultos de equipaje. Oyose por fin el grito sacramental de los empleados. Hasta entonces las gentes de la despedida habían conversado en voz queda, confidencialmente, por parejas: el cercano desenlace pareció reanimarlas, desencantarlas, mudando la escena en un segundo. Corrió la novia a su padre, abiertos los brazos, y el viejo y la niña se confundieron en un abrazo largo, verdadero, popular, abrazo en que crujían los huesos y el aliento se acortaba. Salían de las bocas, casi unidas, entrecruzadas y rápidas frases.
—Que escribas... cuidado me llamo... todos los días, ¿eh? No bebas agua fría cuando estés sudando.... Tu marido lleva dinero... pedid más si se acaba.
—No se aflija usted, señor.... Yo haré por volver pronto.... Cuídese usted mucho, por Dios... atienda usted al asma.... Vaya usted de tiempo en tiempo a ver al señor de Rada.... Si tiene usted algo, un telegrama volando.... ¿Palabra de honor?
Después vinieron los apretones, los besucones, los pucheros del acompañamiento femenino, y el último encargo, y el último deseo....
—Dios os haga dichosos... como patriarcas....
—San Rafael te acompañe, hija.
—¡Quién como tú, chica!, ¡a Francia en un vuelo!
—No te olvides de mi abrigo.... ¿Van en el mundo las medias? ¿Confundirás los hilos?
—Mira que las tiras bordadas no sean de ojales, que de esas ya las hay por acá.
—Abre bien esos ojazos, míralo todito, ¡y después nos contarás cada cosa!...