La llegada a Bayona sorprendió a Artegui y Lucía como el despertar de prolongado sueño. Artegui retiró aprisa su mano de la asilla del vidrio, donde la apoyaba, y la niña miró atónita a su alrededor. Notó que hacía fresco, y abrochó su cuello y anudó su corbata. Hombres con boina, mozas con el pañolito atado tras del moño, una marea de viajeros de diversa catadura y condición social, se empujaba, se codeaba y bullía en la ancha estación. Artegui dio el brazo a su compañera por no perderla en aquel remolino.
—¿Había elegido su marido de usted algún hotel en Bayona?—le preguntó.
—Me parece...—murmuró Lucía recordando—que le oí hablar de una fonda de San Esteban. Me fijé porque yo tengo de ese santo una estampa muy bonita en mi libro de misa.
—Saint Etienne—dijo Artegui al cochero del ómnibus que, desde el pescante, vuelta la cabeza, aguardaba la orden.
Arrancaron los caballos a su pesado trote percherón, y fueron rodando por las calles bien enlosadas, hasta detenerse ante un portal estrecho, con sus tiestos de plantas raquíticas, su escalerilla de mármol y sus claros faroles de gas.
Una mujer alta, rubia, limpia, de gorra planchada y encañonada, acudió solícita a la puerta, apresurándose a dar el maletín de Artegui a un mozo.
—Los señores querrán una habitación—murmuró en francés con su voz melosa y complaciente.
—Dos—contestó Artegui lacónico.
—Dos—repitió ella en español, si bien con acento transpirenaico—. ¿Y las quierren los señoress cuntas?
—Independientes del todo.