—¿Sabe usted que no vino el señor de Miranda?

—Ya me lo han advertido.

—¿Qué me dice usted de eso? ¿No es una cosa muy rara?

Ignacio no contestó. Comenzaba, en efecto, a parecerle algo y aun algos extraña la conducta de aquel recién casado, que así abandonaba a su mujer la noche de novios, dejándola en un vagón de ferrocarril. Por fuerza algún incidente desagradable, imprevisto, había ocurrido al Miranda incógnito, cuyo destino, por singular caso, influía así en el suyo de cuarenta y ocho horas acá.

—Voy—dijo—a telegrafiar a todas partes, a las principales estaciones de la línea, a Alsasua, a.... ¿quiere usted que telegrafíe a León, a su padre de usted?

—¡Dios nos libre!—exclamó Lucía—; capaz es de tomar el tren para venir a buscarme, y de ahogarse en el camino con el asma... y con el disgusto. No, no.

—De todas suertes, voy a dar los pasos..

Y Artegui embutió los brazos en los de su americana, y echó mano al sombrero.

—¿Va usted a salir?—preguntó Lucía.

—¿Quiere usted algo más?