—Verás cómo no viene por cinco minutos—respondía con seguridad Pilar.
—Te digo que sí, mujer... si ya borbotea.
—¿A ver? No, no. Es el ruido del viento que sacude los arbustos. Tú ves visiones.
Seguíase breve pausa y completo silencio. Una espera trágica.
—¡Chist! Ahora, ahora—gritaba la anémica palmoteando—. ¡Ahora sí que viene! ¡Y con alma!
En efecto, oíase un borboteo extraño, después un silbido agudo, y un chorro de agua hirviente, que despedía intolerable olor sulfuroso, se lanzaba, espumante, recto y rápido, hasta la cúpula misma del alto cenador. Vaho espeso cubría el pilón, enturbiando la atmósfera, que apestaban las emanaciones del azufre. Así ascendía impetuoso el raudal hasta que comenzaba a menguar su fuerza. Entonces la furia de la impotencia le hacía dar saltos desiguales, convulsiones de epiléptico en que se torcía irritado, espumarajeando, con desesperada proyección al fin, caía domado y exánime, despidiendo sólo a intervalos un escaso chorro, separado por largos espacios, como las llamaradas postrimeras de la luz que se extingue. Terminaba su agonía con dos o tres hipos del surtidor, a cuyo orificio se asomaba el chorro, sin conseguir lanzarse fuera. No volvería ya el manantial a correr en diez horas lo menos.
Disputaban frecuentemente Lucía y Pilar sobre la conclusión del fenómeno, como sobre su comienzo.
—Ya paró. Va a dormir. Buenas noches, caballero—exclamaba Lucía saludándole con la mano.
—¡No, mujer, quia! Aún ha de asomar tres o cuatro veces las narices.
—Qué, si no puede.