Poco tardó, no obstante, en volver a apoderarse de ella la pertinaz ilusión que dulcemente lleva de la mano a los tísicos, vendados los ojos, hasta la puertas de la muerte. Eran tan patentes los síntomas del mal, que al verlos en otra cualquiera le hubiese extendido la papeleta mortuoria; y con todo eso, Pilar, animada y llena de planes, se creía sujeta únicamente a un resfriado tenaz que había de curarse poco a poco. Tenía tosecilla blanda y continua, expectoración pegajosa, sudores que la menor elevación de temperatura determinaba, y las perversiones del apetito se habían convertido en desgano horrible. Inútilmente la conserje del chalet lucía sus primores culinarios, ideando mil golosinas delicadas. Pilar lo miraba todo con igual repugnancia, especialmente los platos nutritivos. Comenzó entonces para las dos amigas una existencia valetudinaria. Lucía no se apartaba de Pilar, sacándola al balcón a respirar el fresco si hacia bueno, acompañándola si no en su cuarto, procurando entretenerla y hacerle menos tediosas las horas. Sentía ya la enferma esa impaciencia, ese deseo de mudar de aires y sitios que acosa generalmente a cuantos padecen su mal. Vichy se le hacía insoportable, y más desde que vio que la estación terminaba, que se vaciaba el Casino, que se marchaba la compañía de ópera y que emigraban las brillantes golondrinas de la moda. Las Amézagas vinieron a despedirse de ella y a darle el último mal rato de la temporada; a seguir a Lucía su inclinación, las recibiría en el saloncito bajo, disculpando a Pilar; pero ésta se empeñó en que subiesen a su aposento, y preciso fue ceder. Estaban las cubanitas triunfantes y radiantes porque se iban a París a hacer sus compras de invierno, y de allí a lucirlas en los primeros saraos madrileños y en el Retiro, y hablaban con el ceceo y melindre de los días de victoria.
—Sí, chica.... ¿Quién resiste ya aquí? Esto se ha quedado de lo más tonto.... ¡Vaya! Ni alma viviente.... Sí, la krauss se fue; la contrataron en París.... Un éxito la última noche de Mignon... Hay hoteles que ya se han cerrado.... Como comprenderás, la soga tras el caldero... pues, en marchándose la sueca, ¿iba él a quedarse? Hasta Estocolmo irá.... ¡No que no! ¿Pero no lo sabías? El día de la marcha le llenó el coche de ramos... todo un vagón-salón cubierto de gardenias y camelias.... ¿qué te parece? Ya representa algunos franquillos, ya.... Luisa Natal.... ¿adónde sino a Madrid?... ¡Ah! La condesa hace el viaje deteniéndose en Lourdes... una semana lo menos piensa pasar allí.... Sí, Cañahejas va a un castillo de unos parientes de Monsieur Anatole, donde cazarán hasta Noviembre.... ¿Jiménez? No sé, chica... Ése siempre anda en misterios y tapujos.... Dicen que si la Laurent, la soprano de la compañía.... Aquella bizca.... No creo ni esto.... Es un jactancioso, alabadizo sempiterno.
—Y tú, ¿te quedas, eh?—añadía Amalia uniendo su ceceo al de Lola—. ¿Hasta cuándo, chica...? Pero te vas a secar.... ¡Esto es ahora un monasterio! Si eso no vale nada.... ¿qué importa un catarro?... Animarse.... Este año tendrá comedias la Puenteancha... la Monteros me lo dijo.... Los Torreplana de Arganzón indicaron ya que recibirían los jueves.... Tendremos en el Real a la Patti y a Gayarre; ¡figúrate! Hemos escrito que nos abone, por si no llegamos a tiempo....
—Yo voy a que Worth me haga dos o tres trajecitos... sencillos, porque no siendo señora casada.... Uno de patinar.... ¡me muero por el Skating!... En la Casa de Campo el año pasado.... ¿te acuerdas, Amalia? Aquel día....
—¿Que dijo el rey que te habías lucido?... Sí, pues me acuerdo.... ¡vaya!
Y la voz de ambas hermanas se fundió en un concierto de risitas de placer y orgullo; ambas volvían a ver el estanque helado, los árboles cubiertos de encajes de escarcha, la brumosa mañana, y la figura juvenil del rey, con su rostro pálido de frío, su cuerpo esbelto, sus modales sueltos y elegantes, y su sonrisa entre picaresca y cortés, al inclinarse para felicitar a la ágil patinadora.
Dejó la visita a Pilar más impaciente, más calenturienta, más excitada que nunca. Pilar se consumía; a toda costa quería salir de Vichy, volar, romper el opaco capullo de la enfermedad y presentarse de nuevo, brillante mariposa, en los círculos mundanos. Creía de buena fe poder hacerlo y contaba con sus fuerzas. No menos que ella se impacientaban otras dos personas: Miranda y Perico. Perico, hecho a vivir en perenne divorcio consigo mismo, no podía sufrir la soledad que le obligaba a reunirse a sí propio; y por lo que toca a Miranda, terminada su temporada de aguas, notablemente restablecida su salud, parecíale que ya era hora de acogerse a cuarteles de invierno y de gozar en paz los frutos de la medicación. Aburríale en extremo ver que su mujer, por altos decretos señalada para cuidarle a él, se sustrajese en tal manera a su providencial misión, consagrando días y noches a una extraña, atacada de un mal penoso a la vista y quizá contagioso. Así es que insinuó a Lucía que era preciso partir y, dejarse allí a los Gonzalvos entregados a su triste suerte; como se deja en un naufragio a los que no caben en las lanchas. Pero contra todo lo que esperaba, halló en Lucía protesta calurosa y enérgica resistencia. Indemnizábase confesado aquel noble sentimiento, de todo lo que callaba hasta a sí misma.
—¡Sería preciso no tener corazón... no tener corazón! ¡Pobrecita Pilar de mi vida, bien quedaría, por cierto, con su hermano, que ni colocarle una almohada sabe! ¡Qué sería de ella! Pensarlo sólo me espanta....
—Llamará a una hermana de la caridad... no será la primera—refunfuñó Miranda duramente.
—¡Qué pena... pobre criatura!... Eso es más cruel aún que dejarla morirse sola, como un perro.