El señor calvo y grueso, que ocupaba la «sala del patio», llamada así por tomar luz del principal de la casa, era un médico portuense, venido a España con el fin de entablar un litigio contra la Administración, por no sé qué infundios referentes a un patronato. Admirador entusiasta, como los portugueses en general, de la música popular española, pasábase el santo día en una silleta cerca del balcón, vestido lo más ligeramente posible, en calzoncillos y elástica (he de advertir que esto ocurría en el mes de Junio), cubriendo su calva una gorrita escocesa con dos cintas flotantes atrás, y rascando una guitarra, a cuyo compás gatuno y desafinado entonaba la letra siguiente:
«Quiérimi sivillana — niña lousana — cándida flor
qui al son di mi guitarra — pur ti palpita — mi corasaun...»
Aquí interrumpía el canticio y miraba hacia el ventanuco de una chica planchadora, asaz fea pero no menos vivaracha y comunicativa. Ella estaba asomada, riendo y guiñando los ojos. Exhalaba un suspiro el portugués, exclamaba en voz estentórea «Moy bunita», y con dobles bríos martirizaba el guitarro, continuando la letra:
«Ay qui plaser — is il amor — si s’halla un alma
angilical. — Y qui dolor — si hay falsidad — no, no, no, no,
no, no, no, no — ¡huye di mí — duda fataaaal!»
Terminada la canción, sacaba de la abertura de la elástica una petaca de paja, una caja de fósforos y una cajetilla de cigarros. Aún no había encendido el primero, cuando hacía irrupción en el cuarto del portugués un mozo como de veinticuatro años, huésped de Pepita también, a quien por largo tiempo consideré genuina personificación del artista. Llamábase de apellido Botello —nunca pensé en averiguar su nombre de pila—; era muy apuesto, de cumplida estatura; gastaba melena, no excesivamente larga, pero abundante y rizosa; tenía el tipo mulato, a lo Alejandro Dumas, con labios carnosos y rojos, bigote diminuto, ojos brillantes y piel morena finísima, y nosotros le mareábamos diciéndole Dumillas a cada momento. ¿Por qué nos habíamos empeñado los huéspedes de Pepa Urrutia en que Botello era artista? Hoy no lo entiendo. Botello no había dado jamás una pincelada, ni destrozado una sonata, ni emborronado un artículo, ni perpetrado un triste drama, ni siquiera un juguete en un acto, y sin embargo, teníamos metido entre ceja y ceja que Botello no podía ser sino artista y artista consumado. Sospecho que era una convicción nacida —más aún que de su original y simpática fisonomía, y su género de vida especial— de su modo de vestir derrotado y mendicante. Llevaba en todo tiempo un abrigo entallado de paño azul, que él nombraba el gabán del toisón, porque tenía en cuello y solapas ancho collar de mugre, con su borrego de manchas delante. Esta prenda estaba tan adherida a su cuerpo, que con ella salía a la calle, con ella se lavaba y afeitaba y hasta la echaba sobre la cama para dormir. Los pantalones lucían orla de flecos; las botas eran de tacón torcido, y la piel rota ya descubría el calcetín, embadurnado de tinta por Botello a fin de que no asomase su indiscreto blancor. La esbelta figura y hermosa cabeza de Dumillas, embutidas en atavío semejante, no habían conseguido perder todo su encanto, antes los casi harapos, al adaptarse a su elegante torso, adquirían misteriosa nobleza.
Otro rasgo distintivo de Botello podría referirse al tipo artístico, y era su feliz descuido para la vida, su total menosprecio del trabajo, su absoluto desconocimiento de la realidad. Botello era hijo de un magistrado y sobrino del administrador de un magnate. Al morir el padre de Botello, quedó el chico bajo la tutela de su tío, el cual le daba casa y comida y le entregaba sus cinco mil reales anuales de alimentos, exigiéndole únicamente que se retirase a las doce de la noche. Ni le obligó a estudiar ni hizo por darle educación, y cuando hubo caído en la cuenta de que el muchacho pasaba todas las veladas en la timba o en el café flamenco y volvía a casa a las tantas y tenía llavín para entrar sin ser sentido, puso el grito en el cielo, y en vez de tratar de corregirle, le arrojó de su hogar ignominiosamente. Sin oficio ni beneficio, con veintiún duros mensuales por todo caudal, Botello rodó de casa de huéspedes en casa de huéspedes a cual peor y más desastrada, hasta que en un garito trabó conocimiento con el insigne D. Julián, tirano del corazón de Pepa Urrutia. Enganchado por esta amistad se vino a nuestro albergue. Desde entonces Botello tuvo curador ejemplar en el valenciano. Encargábase D. Julián de cobrar la mesada del mozo, y acto continuo, a la timba a probar fortuna. Si venía una racha de cien o doscientos pesos, los veintiuno de Botello se le entregaban religiosamente, y aún podía caerle alguna propineja. Si la suerte era contraria, ya podía Botello cantarles el oficio de difuntos. Como necesitaba la guita, el pupilo solía armar con su curador unas zapatiestas de mil diablos. «A ver, señor mío, ¿qué hago yo este mes?» Y entonces —aparición providencial— surgía la Pepa en defensa de su caro estafador, y chillaba amenazando a Botello.
—Usted calla... Usted calla... Yo me espero...