La tití vaciló un poco.

—Mi papá —dijo al fin con resolución— está como en sus quince. Ciego por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las burlas y cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien sabe Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo...

—Tú querrías que se casase...

—Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió la vida... y a todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve en favor de doña Andrea. Mientras ella y mi padre vivieron... así... yo aspiré únicamente a que se casasen. Tendría por madrastra a la doncella de mi madre; pero papá viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una infeliz, créame usted, de pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama una desazón; me ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo que no tiene... ¿cómo diré?

—Sentido moral.

—Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo de lo bueno.

—A eso llamo yo —dijo el padre— ser idiota de la conciencia.

—Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y hecha una calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía sobre mi padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan honorífico.

—Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar claro para que nos entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña Andrea, y ahora... ya no.

—Cabal. Ahora no.