—¿No ve usted —decía— que la tinta y la pluma con que eso se escribió, en su cuarto las tiene Salustio? No se fíe usted de las mosquitas muertas. El que parece más formal...

De resultas de este ardid maquiavélico, yo, que en la vida me metía con el benigno portugués, fuí el único huésped a quien él miraba con prevención y recelo. Creo firmemente que su ceguedad era voluntaria, pues de otras diabluras de Botello no pudo quedarle ni la duda más leve. Jugando un día al dominó con su víctima, Botello tuvo arte para encasquetarle una corona de papel con orejas de borrico, a fin de que se desternillase de risa la ninfa de la plancha, que atisbaba cuanto en la habitación ocurría. Otra vez le prendió rabitos de papel en los faldones, y así salió Pinto a la calle, siendo la irrisión de los granujas. No obstante, la indulgencia del portugués hacia el bohemio no se desmintió jamás. Cuando a Botello le faltaba parné con que pagar la entrada en algún baile, a D. Miguel acudía en demanda de medio duro. Después agotaba la elocuencia para convencerle de que debía echar una cana al aire y acompañarle al bailecito. A la negativa del portugués, que alegaba no querer disgustar a la planchadora, replicaba Botello llamándole panoli; y como el lusitano no entendiese la palabrilla y se mostrase algo amostazado, el bohemio hacía ademán de restituir el medio duro.

—Tómelo, tómelo, ya que está usted enfadado conmigo —exclamaba el muy lagarto—. Mi dignidad no me permite aceptar favores de quien me ve con malos ojos. ¿Verdad que está usted enfadado?

—Yo con usted no mi puedo enfadar nunca —declaró el portugués metiéndole en la mano a viva fuerza la moneda: y volviéndose hacia los que presenciábamos la escena, pronunció con la sonrisa de mayor bondad que nunca he visto en rostro humano—: Este rapaz... ¡muito artista!— Después se volvió a su ventana a rasguñar el guitarrillo.

Vamos, convengan ustedes en ello: no hay posibilidad de consagrarse a un estudio árduo, abstracto, cuotidiano, en casa donde a cada instante ocurren incidentes como los que dejo referidos. Las risotadas alternando con las quimeras; las correrías por los pasillos; las continuas entradas y salidas de los haraganes que no acertando a matar el tiempo, discurren cómo hacérselo perder a los aplicados; la irregularidad en las horas de comida y almuerzo, la llaneza confianzuda con que todos nos metíamos a vivir en las habitaciones de los demás; el trasnochar y el despertarse a deshoras, no son eficaces auxiliares para las tareas de la Escuela de Caminos. Por otra parte, el contagio de la broma y de la cháchara es inevitable en mi edad. Allí había otros estudiantes de la Universidad, de Montes, de Arquitectura; ninguno era un prodigio de aprovechamiento. Yo quizás les vencía a todos; pero como mis asignaturas ofrecían mayores dificultades, el caso es que aquel año me quedé colgado hasta Septiembre, y hube de pasarme las vacaciones en Madrid sin gozar las frescas brisas de mi tierra. Sería aquel un verano aburrido, interminable, a no rodearme gente tan levantisca y retozona, y a no darnos tela el portugués, eterno mártir del inagotable buen humor y de la sindineritis crónica de Botello. Cuando no había modo de entretener la tarde, Dumillas castañeteaba los dedos y nos decía, sacudiendo la gallarda cabeza sudorosa, para echar atrás la melena negrísima que le sofocaba:

—Vamos a hacerle una sarracinada a Corno de Boy. ¿Quién me ayuda a coger chinches?

—¿A coger chinches?

—Cabal. A ver si armais un cucurucho y lo llenais de chinches gordas, bien llenito. Las medianas no sirven. Que sean de primera magnitud.

Salía cada cual hacia su cuarto a realizar tan extraña caza. Por desdicha, el ojeo no era difícil. A poco que escudriñásemos en nuestros jergones o debajo de nuestras almohadas, reuníamos sin gran esfuerzo una docena de bichejos asquerosos. Rendíamos nuestro tributo al inventor de la diablura, y él juntaba en un sólo alcartaz las chinches de todos. No bien comprendíamos que se acostaba el portugués, a oscuras, descalzos y reprimiendo la risa, nos apostábamos a la puerta de su cuarto. Así que don Miguel comenzaba a roncar, Botello alzaba suavemente el pestillo, y como la cabecera de la cama estaba contigua al marqueado de la puerta, no necesitaba el diablo del artista más que destapar el cucurucho y desparramar las chinches contenidas en el papelón sobre la cara y cabeza del durmiente. Terminada esta operación, cerraba Botello con mucha cautela, y nosotros, hechos una piña y pellizcándonos mutuamente de puro excitados, aguardábamos a que se iniciase la campal batalla.

No habían transcurrido dos minutos cuando sentíamos rebullirse al portugués. Oíamos primero frases truncadas e ininteligibles, luego claras interjecciones, luego el estallido de un fósforo y la repetición azorada de la palabra «¡Credo!» Acudíamos hipócritamente, preguntando si estaba enfermo, si le ocurría algo.