Me acerqué curiosamente. El presunto suicida se volvió... ¡cuánto tiempo sin ver su rostro noble y expresivo, sus ojos negros, su apostura gallarda, su mugrienta y astrosa ropa! ¡Pobre Botello! Experimenté alegría al encontrar a aquel ser incoherente, a aquel ripio social, inofensivo e inútil.

—¿Ibas a matarte? —le pregunté sonriendo, pasadas las primeras efusiones y los primeros abrazos.

—¡Hombre! no... —respondió el huésped de Pepita—. Sólo por entretener el tiempo, meditaba en lo sabiamente que obraría si me tirase de cabeza. Esa calle, con sus piedras duras, me llamaba a voces. Así se acabarían todas las trampas y todas las miserias... ¿No sabéis? Pepa casi me ha plantado en la calle... Diariamente me insulta... Apenas fumo... Tengo un cuarto donde duermo, pero eso de comer es un lujo que desconozco. La vizcaína anda rabiosa porque don Julián hizo la del humo, y se niega a mantenerme. Me han embargado mi pensión. ¿Me pagáis un bisté?

Salimos a la calle de Bailén, y no tardamos en instalarnos en un figón, delante de unas chuletitas esparrilladas muy apetitosas. El perdis nos dijo melancólicamente.

—Hay días en que estoy tan desesperado, que hasta se me ocurre trabajar en cualquier cosa. ¿Pero en qué? Y además esas son ideas absurdas, hijas de la debilidad o del aguardiente. No; cuando tengo una peseta la apunto y me gano cien. Yo no sirvo para la ignominia del trabajo. Quédese para los negros. Y después, siempre le salen a uno buenos amigos que no niegan un duro a quien se le pide. No creáis que vivo del sable, hijos, no; sablazo es cuando ofrece uno pagar... y yo no ofrezco nunca semejante desatino. El que me presta me regala. ¿Sabéis la que me jugaron Mauricio Parra y Pepe Vidal estos Carnavales? ¿Les conocéis? Uno de arquitectura, y otro de minas. Están de huéspedes en casa de Pepa Urrutia. Pues nada, que nos vino una huéspeda de buen trapío... una viuda cordobesa, ¡más salada...! y yo... la miraba un poco. Una noche supe que iba al baile del Real... ¡Y yo sin un real! Mauricio y Pepe me animan y me toman la entrada... van conmigo... Se nos acerca la mascarita... que la conocí perfectamente... «Tengo sed... ¿Me convidas? ¿Vamos al buffet?» Ví el cielo abierto... y el infierno, porque no tenía un cochino ochavo. Echo la mano atrás, y con ella hago señas a Mauricio y Pepe... Siento que me introducen en el hueco de la mano una moneda... ¡Dios! ¡Qué será! De fijo un duro... aunque parecía algo chico. Sin mirar lo embolso, y ¡zás! subo tan intrépido... Ella se pone a comer pastelillos, a beber Jerez... Yo temblando que la cuenta pasase del duro... Nunca acababa de engullir la buena señora... Al fin se resuelve a acabar, y yo saco del bolsillo la moneda y le digo al mozo con gran prosopopeya: «Cóbrese usted.» «¡Pero, caballero, si me da usted un perro grande!» ¡Hijos, la que allí se armó! Creí que me llevaban a la prevención derechito... ¡Y qué chacota! Pues así, así vive uno, y así está siempre: más arrancado hoy que ayer, y más mañana que hoy. Ya supondréis que mi portuguesiño se ha vuelto a Portugal; en cambio tengo a un diputado provincial conquense, que se le ha puesto en la cabeza ser autor dramático, y le acompaño entre bastidores, porque se le antoja que debo conocer íntimamente a los actores y actrices; y en efecto les conozco; ¿quién no conoce aquí a todo género humano? pero no sé qué papel compongo en Lara, en Eslava y en Apolo; el caso es que los acomodadores me toman por actor, los actores por autor tronado, y yo allí de coronilla con mi diputado provincial, empeñado en que le representen su apropósito, o juguete, o revista, o lo que sea...

—¿No lo sabes a punto fijo?

—No. Cien veces intentó leérmelo; pero por ahora voy parando el golpe. Veremos si lo consigo hasta el fin. Adiós, salvadores míos... Mis ideas de muerte ya se han disipado. Gracias.

«Hoy el cielo y la tierra me sonríen;

Hoy llega al fondo de mi alma el sol;

Hoy me dísteis chuletas, ¡dos chuletas!