El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente y obtuso magín, huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas de una abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho: «No quiero morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluídos los estudios y asegurado el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo a la viejecilla, y el mozo lo había comprendido y desplegaba una energía silenciosa y feroz. Así como el cubano araba con la memoria, el zamorano lo hacía con la voluntad en tensión perpetua. Sus escasas facultades le obligaban a trabajar doble; para él no había noches de sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteito con novias, ni nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento, sin una falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese animal, que no pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero antes que nosotros... si no deja la piel. Porque está muy flaco y a veces tiene las manos acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo que ya el estómago no rige. Claro, ni ejercicio, ni distracción... Salustiño, bueno es salir avante, pero también hay que mirar por el número uno.»
Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando a contraer estrecha amistad, aunque nuestras ideas y aspiraciones eran muy diferentes. Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y práctico, o al menos daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en que se fija la complexión moral del individuo. No diferíamos totalmente en nuestro criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba partidario del self-help; aborrecía tutelas e imposiciones; creía que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años de la juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad viril. «No parecemos gallegos —me decía a veces— por la actividad que desplegamos en todo.» Yo ponía a su observación el espíritu emigrante y aventurero que se ha desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá. «Desengáñate —repetía con obstinación—, tenemos más de catalanes que de gallegos, chacho.» Si en el modo de entender la dirección de la vida nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así en la apreciación del fin principal de la misma vida. Portal acostumbraba exponer el programa siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni papando moscas. Trataré de ganar dinero para reirme del mundo. Pasarse los años entre escaseces y privaciones, es una broma. Mi papá es D. Alejandro en puño; no suelta cuartos; y yo ignoro a estas horas el sabor de muchas cositas buenas. No sé si por las vías de la profesión estoy en camino de catarlas; se me figura que, en cuanto a sacar partido, los políticos y los negociantes la aciertan mejor que los científicos: verdad que lo uno no está declarado incompatible con lo otro, y que Sagasta es ingeniero. En fin, a mí que me dejen los brazos libres, y me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre.» Aplaudiendo la gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de porvenir se diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas buenas» el comer opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios tabacos, acaso sostener a una bella pecadora, quizás casarse con una señorita linda y bien acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no aspiraba concretamente a ninguno de ellos, sino sólo a la libertad, presintiendo que con ella vendría algo muy hermoso y merecedor de ser saboreado y gozado, pero no en el sentido descarnadamente material: algo que podía ser gloria, celebridad, pasión, aventura, millones, mando, hogar, hijos, viajes, luchas, hasta infortunio; pero que al fin sería vida, vida completa y digna del ser racional, que no ha de reducirse a vegetar ni a golosear los placeres, sino que debe recorrer toda la escala del pensamiento, del sentimiento y de la acción. No podía definir en qué consistían mis esperanzas; pero me parecería que las rebajaba si las redujese a algo positivo y sensual, como mi amigo Luis. No por esto me creía un visionario, un entusiasta ni un soñador. Comprendía, al contrario, que si mi frente se alzaba a veces hacia la región de las nubes, mis pies permanecían firmes en la tierra, y que todas mis acciones eran propias de hombre resuelto a abrirse camino sin dejarse embaucar por la sirena del entusiasmo.
Si nuestro credo individualista tenía ciertos puntos de contacto, en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo. Los dos republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista, casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo, radical, de los de Pí, convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto con lo pasado; al contrario, debemos entrar resueltamente y de una vez por la senda de la transformación honda y progresiva. «Esas transacciones nos pierden, son funestas —objetábale yo—. Transacción, en este caso, equivale a engañifa. Se dice transacción, por no decir capitulación y derrota. Si nuestros abuelos, aquella gente honrada del 12 al 40, hubiesen andado con paños calientes y contemplaciones, bonitos estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un lobanillo, y se producen perturbaciones en la economía, pero el lobanillo extirpado queda. No comprendo esa manía de contemporizar con el ayer, con la España absoluta y fanática. Tu ilustre jefe —a Castelar le llamábamos así— es un vividor, amigo de agradar a las duquesas, a las testas coronadas, y a eso llama él conservar la tradición. Palabrería. Por fortuna ni los franceses en 93, ni nosotros más adelante, hemos seguido ese método. Déjeme de historias. Al paso que vamos, dentro de pocos años España volverá a poblarse de conventos. Es absurdo tolerar semejante artimaña, y hasta protegerla, como nuestro liberalísimo Gobierno hace. Los jesuítas tienen vuelta a tender la red; a cada rato aprietan un poquito más la malla. Cualquier día nos envuelven del todo. Claro que a los pájaros gordos, como ellos saquen su escote, les importa un pepino lo que venga detrás. En pos de mí el diluvio, que decía aquel peine de Luis XV. No cabe en cabeza medianamente organizada eso de que para debilitar y desarraigar una institución como la Monarquía se empiece por afianzarla, halagarla, implantarla suavemente en el corazón del pueblo. Yo no trago ese anzuelo de la transacción. A mí que no me vengan con ese choyo.»
Portal se atufaba y me replicaba no menos enérgicamente.
«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los que piensan como tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús volvíamos a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha un hervidero de partidas monteses. No quiero pensar tampoco lo que sucedería con vuestra federación famosa. A los dos meses de establecido el cantón gallego, ni los rabos: todos habíamos de querer mandar y nadie obedecer. Si empiezas por herir y lastimar los sentimientos de una nación, tiene que producirse el desbarajuste que siguió a la Revolución de Septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy largo. Esto es la minoría de una República, no la de un Rey. Que nos caiga la República por su peso, como una perita madura...»
«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí todos es seguir mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es necesario que lo resucitemos, créeme...»
«Déjame de ideales y de monsergas —replicaba Portal enojándose—. Por los ideales nos vienen a nosotros todos los daños. No hay más ideal que la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén».
Otro tema de disputa era el regionalismo. Yo no me andaba con chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero a Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca Monarquía, y asentir a la «federación ibérica».
—No sé qué diera porque pudiéseis ver realizado ese cochino ideal sólo veinticuatro horas —exclamaba Luis—. Lo que es en Galicia, como se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una cosa: en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú le llamas, hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales hacen dos mil; los alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea un millón... Afortunadamente hablar de la independencia galáica es como si hablásemos de la mar con peces y arenas.
—¿De modo que, según tú, las provincias no tienen derecho a decir, como los individuos, cada cual para sí?