CAPITULO III
MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN ROMANA

España, el primer país del Continente que invadieron las armas romanas, fué el último que se les sometió.

(Tito Livio.—Las décadas.)

Era al anochecer; y una emoción intensa por las melancolías del paisaje y por hondos suspiros de la Historia, nos hacía evocar el paso de Augusto, escoltado por sus lictores a caballo y seguido de sus pretorianos con jabelinas. Por aquella misma explanada, bajo aquel mismo cielo adusto, tal vez en una tarde desabrida y hostil como aquella tarde, caminaron, hacía veinte siglos, las legiones en retirada...

El César llegó a Roma desalentado. Todo el Imperio, sometido, miraba ansiosamente al templo de Jano. La paz sólo esperaba la sumisión de cántabros y astures. Augusto entonces confirió la empresa al vencedor de los germanos, y el joven y glorioso Agripa, impetuoso como Escipión y sagaz como Fabio Máximo, se puso al frente de sus tropas con dirección a España.

Llegaron las legiones con millares de esclavos picapedreros, y bien pronto la indómita llanura apareció llena de castros. En cada uno de estos fuertes, dejó Agripa un destacamento y la calzada militar se ofreció pronto al estratega.