Un prestigio arqueológico, D. Ángel Apraiz, que ha estudiado prolijamente la cuestión, como historiador y como arqueólogo, nos dice en el interesantísimo trabajo «El románico en Álava», publicado el 30 de agosto de 1911 en la revista de San Sebastián Euskal-Erria:

«Existe un arte alavés. Por todos los montes y valles de nuestra tierra se encuentran esparcidos restos de una arquitectura, religiosa en su casi totalidad, que con las tradiciones a ella unidas y la significación de sus monumentos, puede constituir, ante una mirada inteligente y amorosa, la completa resurrección de un glorioso pasado.

»Forma tal arte, producido en los siglos XII y XIII, hermosa ejecutoria de la nobleza de este pueblo, del cual certifica en tan remotas fechas la vigorosa fe y la cultura que se extendía a los más apartados rincones de este suelo.»

Como se ve, entre la afirmación del Sr. Carreras Candi, que habla de Armentia, como existente ya en el siglo X, y la del Sr. Apraiz, que fija las producciones románicas alavesas en los siglos XII y XIII, surge, a primera vista, el abismo de dos siglos.

Sin embargo, para quien ahonde en la cuestión, tal vez haya una explicación satisfactoria. En las iglesias y basílicas románicas más antiguas se han registrado, como observa el Sr. Amador de los Ríos, «vestigios indudables, aunque ya débiles reflejos, del arte latino-bizantino», anterior en dos y tres siglos al románico.

¿Quién dice que la basílica de Armentia, por ejemplo, no sea, al construirse en el siglo X, un arte latino-bizantino, ya adulterado por las primeras manifestaciones prerrománicas? ¿Quién, en cambio, puede negar que iglesias como las de Tuesta y Leorza, son románicas aun cuando en ellas aparezca el arte ojival?

Sabido es que el románico, estilo de una civilización incierta, arte de transición, como la época que lo engendra, tiene diversas manifestaciones que hemos de detallar oportunamente. Ahora sólo nos toca, en sus apreciaciones generales, señalar el contraste entre la afirmación del Sr. Apraiz, al asegurar «que existe un arte alavés» y las diversas fórmulas románicas que por tan vario modo acusan la carencia de esta su pretendida uniformidad. Entre la basílica de Armentia (siglo X) y la de Estíbaliz (siglo XII) el estilo románico pasa de una niñez ingenua, ruda y lóbrega, a una florida y gallardísima juventud.

Invocando la autoridad que en cuestiones históricas y arqueológicas reconoce el mundo erudito a los Sres. D. Federico Baráibar, D. Jaime Verástegui y al padre jesuíta Indalecio Llera, el citado Sr. Apraiz realizó un trabajo utilísimo, «en el que se describen y registran con exposición de croquis, medidas y relaciones con otros monumentos, discutiendo los problemas que plantea el románico, unas setenta muestras de ese arte que por toda nuestra tierra se extiende con variedades que lo llenan de encanto y de vida».

Ese trabajo, que el Sr. Apraiz remitió a un certamen, está inédito. Pero el autor, amablemente, nos ha suministrado un índice, en el interesante estudio, ya citado, «El románico en Álava», que apareció en la revista Euskal-Erria. Además, las bondades del Sr. Baráibar nos permiten incluir entre nuestras fotografías, las 70 a que se refiere el señor Apraiz y muchas más, que personalmente obtuvimos en nuestras excursiones por la provincia, unas y otras de monumentos románicos, que son, como se sabe, los más numerosos en Álava, y, por tanto, en nuestro Catálogo provincial.

«En el arte románico alavés—escribe el Sr. Apraiz,—entre la vieja basílica de Armentia (que no lo es tanto como se ha pretendido) y la de Estíbaliz, cuya terminación debe pertenecer al siglo XIII, se nos muestran con su ingenuidad de obras primitivas, entre otras, la actual ermita de San Martín de Avendaño, que evoca una leyenda de venganzas como la de los héroes griegos, y cuyo sistema constructivo al estilo de la llamada Escuela Provenzal, es muy curioso; la ermita de San Juan de El Burgo, y el ábside de la parroquia de Trocóniz, hoy muy transformada; el Cristo de Labastida, cuya masa teñida de siena por el sol de la Rioja, se destaca sobre una colina escarpada, recordando el nombre militar de la villa; la iglesia de Ezquerecocha; la de Hueto de Arriba, con su pila bautismal llena de preciosos relieves de época no muy anterior a la que ese templo representa; la de Nanclares de la Oca y la que fué parroquia de Urrialdo, envuelta con las tradiciones del basilisco, en un muy adecuado ambiente.