Por la calle de la Estación, ancha, igual y tirada a cordel, circulan carruajes y automóviles como por una gran vía moderna. Los comercios, lujosos, ostentan sus escaparates y anaqueles brillantes a la luz de focos eléctricos. Hay una profusión de transeuntes que, llenando entrambas aceras, prestan animación de urbe a la calle, en cuyos edificios, casi iguales, de balconajes suntuosos y tachadas ricas, una arquitectura burguesa hace la ostentación de su dinero.
Un hotel, confortable, con su calefacción central, sus teléfonos y sus baños, colma en nosotros el asombro. ¿Qué venimos a investigar arqueología, aquí donde parece todo construído ayer, donde, entre los pregones de diarios con los últimos telegramas, el rodar de los carruajes y el bocinar de los automóviles, no hay más huellas históricas visibles que esa pareja de miñones, con sus bigotes veteranos y sus boinas rojas?
Como el devoto y férvido Topsius, de La Reliquia, al entrar en su hotel de Jerusalén, nosotros percibimos «el ultraje de la civilización». En el vagón que hace unas horas nos conducía, ordenando libros y planos, mapas y folletos, hemos ido evocando el paso de la Historia por estas tierras venerables. Tubalistas, iberos, celtas, romanos, visigodos, árabes, todas las razas invasoras fueron surgiendo a nuestra fervorosa evocación. Desde el hombre de las cavernas, con sus pieles y su quijada bíblica, hasta los alarifes medioevales, con su tabardo y su montera, las épocas históricas se nos aparecían como en sueños.
Saturados de la emoción por nuestros conjuros, pensando en dólmenes y lápidas, en lucillos y en cresterías, en árulas y en capiteles, henos aquí, desencantados del divino encanto, enfrente de esta realidad civilizada y confortable del hotel, con alfombras ricas, damas lujosas y camareros correctísimos bajo el frac.
Se nos anuncian las visitas de un familiar del señor Obispo, que viene a darnos hora para la audiencia; del director de La Libertad, que se apresura a saludar al compañero en periodismo; del Gobernador civil, que en persona acude a ser ya nuestro inseparable consejero. Las cartas de presentación que previamente fuéronle enviadas por amigos nuestros de Madrid, originaron la bondad de estas valiosísimas visitas, en las cuales se concertó el programa de nuestras excursiones e investigaciones.
Ya en estas entrevistas preliminares, sobre todo en las celebradas con el gobernador civil, D. Salvador Aragón, con el obispo, D. José Cadena y Eleta, y con el presidente de la Diputación provincial e insigne poeta y arqueólogo, D. Federico Baráibar, fué poco a poco resurgiendo la Vitoria monumental y artística que buscábamos.
Las primeras visitas a la Catedral vieja, con su portada y atrio ojival, sus estatuas con doselete y sus capillas; los sepulcros de San Pedro, labrados con suntuosidad florentina; la parte escalonada de la ciudad, con recinto murado y calles estrechas por donde aun esperamos ver el paso de las viejas merindades; la casa del Cordón, en cuyos umbrales oyó el cardenal Adriano la noticia de su elección para la Silla gestatoria; toda la red gremial de calles que se llaman, como en los cronicones y ordenamientos, de la Cuchillería, de la Herrería, de la Zapatería, de la Pintorería, de la Correría; el palacio, con torreón cuadrado y soberbio escudo, ante cuya portada, de labrada piedra, tal vez se ha detenido el nupcial cortejo de D. Pedro Martínez de Álava y de D.^a María Díaz de Esquivel; los diversos conventos, colegiatas, asilos, hospitales, asentados en edificios en donde un capitel, una fenestra, un arco o simplemente un pretil, tienen poder y fuerza de conjuros, nos revelaron bien pronto la Vitoria monumental y artística que pasamos a describir.
CATEDRAL VIEJA
SANTA MARÍA DE SUSO
HISTORIA
Fué, según el Sr. Carreras Candi, en su Obispado y fueros de Álava, uno de los templos-fortalezas que hacia los años de 1181 fundara el rey de Navarra D. Sancho, el Sabio.