Hasta los testimonios materiales—cortes de tierras, cavernas huesosas, hachas, uñas, pedazos de arcilla cocida, trozos de grafito..., etcétera,—son, en lugar de pruebas definitivas, alegatos que se incorporan a esta dialéctica secular. Los períodos geológicos, que antes eran como las lucecillas del camino, hoy, tras las exploraciones de E. Martel revelando el mundo subterráneo y creando la nueva ciencia espeleológica, apenas si dan luz en estas jornadas. Y la Prehistoria, noche del planeta y noche de la Humanidad, se ofrece a los espíritus melancólicos como una evocación de Ahasverus en su avatar, que no acabará nunca, y a los espíritus escépticos, en aquel perfil de cigüeña con anteojos, que llamó Eça de Queiroz «el sabio Topsius, miembro del Instituto imperial de excavaciones históricas».

Que se trate del hombre bíblico o del hombre darwiniano; que se acepte el período terciario o el cuaternario, en ningún caso la cronología humana deja de ser lo que es: tinieblas.

¿Qué antigüedad asignar al hombre? ¿En cuál región terrestre apareció primero? ¿Cuáles huellas señalan sus primeros pasos?

Las tres hadas que se disputan al recién nacido—Religión, Ciencia y Poesía—han tejido con oro de ilusiones tres evangelios diferentes. La Biblia y sus exégetas de todos los tiempos nos hablan del Paraíso terrenal, situado entre el Eufrates y el Tigris, y de Asia, «cuna del género humano».

La Geología y sus patriarcas más ilustres señalan, unas veces, continentes desaparecidos, como la Atlántida, otras, las capas de acarreo de la Florida; otras, las praderas flotantes del Nilo; otras, las cuevas subterráneas del canal Sodertel, en Finlandia. Es decir, que las interpretaciones geológicas sobre el lugar de aparición del hombre son tantas, no ya como continentes actuales y desaparecidos, sino como naciones vivas y muertas.

La Poesía, por su parte, más rica de invenciones y de emociones, ha repartido los tesoros de sus leyendas, donando una leyenda a cada raza y un poema originario a cada idioma. Ahora es el Ramayana; ahora las tradiciones incas; ya es Walmiki; ya son los Nibelungos. ¿Qué pueblo no se cree el mayorazgo de la Humanidad? ¿Qué idioma no se juzga el precursor o el heredero directo del precursor?

El último Congreso de Prehistoria celebrado en Tolosa, de Francia, después de discutir el misterio de la cronología humana con la solemnidad, la ciencia y la dialéctica de un Concilio, no solamente dejó sin formular un dogma o cuando menos una teoría, sino que, al intentar fijar la talla del hombre de las cavernas—en vista de hachas, huesos, púas, vasijas y diversos fósiles de excavaciones recientísimas,—hubo de repetir al mundo expectante la sentencia atribuída a Sócrates por Plutarco: «Sólo sé que no sé nada.»

La revista contemporánea L’homme préhistorique vino a decir lo mismo en un artículo de su redactor-jefe Marcelo Baudouin.

La Geología encuentra en Álava huellas características de la «Serie terciaria» en el sistema eoceno inferior o numilítico de las cuevas y peñas del castillo de Marquínez, en los bancos de conglomerados de Páriza y Ajarte y en los páramos y mesetas de La Guardia, y de la «Serie cuaternaria» en los depósitos diluviales de la llanura de Vitoria.

La aparición del hombre se acusa en las grutas, cavernas y simas de Arrate, de Basocho, de Laño y de Marquínez. Hay huellas de trabajo humano en las cuevas de los Gentiles, de Basocho; hornacinas, huesos y cerámica en las de Laño, y sepulturas en las de Marquínez. En la monumental Geografía del país vasco-navarro, al estudiar la geología y paleontología de Álava, expone D. Vicente Vera muy curiosas observaciones sobre el particular.