CAPÍTULO II
MONUMENTOS CELTAS
El dolmen tal vez fué al mismo tiempo túmulo y altar, porque para los celtas la muerte no era el fin de la vida, sino el comienzo de la oración a sus dioses.
(Joaquín Costa.—La poesía popular española y Mitología y Literatura celto-hispanas.)
Sabido es que los modernos historiadores consideran la época celta como absolutamente histórica, esto es, como sometida a las disciplinas del archivo y del documento.
Como quiera que nuestra misión se reduce sencillamente a catalogar monumentos y en modo alguno a investigar problemas históricos, damos por admitido que la invasión celta está bajo la potestad científica y consideramos los monumentos de aquella raza, no prehistóricos, sino históricos.
Acerca de la antigüedad de aquella invasión, como de casi todas las primitivas, en cada historiador hay una cronología diferente. Mil ochocientos, mil setecientos, mil quinientos años antes de Jesucristo, la fijación exacta de una fecha que en cualquier caso es hija de una hipótesis, no puede en modo alguno detenernos.
Los celtas invadieron la Península y ocuparon con otros el territorio que hoy es Álava.
¿Qué civilización traían? Pueblos llegados de la Umbría romana, según unos, y de las Galias, según los más, no eran ya simples hordas desorganizadas que, cubiertas de pieles y manejando la quijada bíblica, corrían la tierra, sembrando entre los aborígenes el espanto y la muerte.