CANTO DECIMO TERCIO
ABIAMOS llegado a lo alto de la escala, donde por segunda vez se adelgaza la montaña destinada a la purificación de los que suben por ella. También allí la ciñe en derredor un rellano como el primero, sólo que el arco de su circunferencia se repliega más pronto: en él no hay esculturas ni nada parecido, y así el ribazo interior, como el camino presentan al desnudo el color lívido de la piedra.
—Si esperamos aquí a alguien para preguntarle hacia qué lado hemos de seguir—decía el Poeta—, temo que tardaremos mucho en decidirnos.
Dirigió luego la vista fijamente hacia el Sol; afirmó en el pie derecho el centro de rotación, e hizo girar su costado izquierdo.
—¡Oh dulce luz, en quien confío al entrar por el nuevo camino! Condúcenos—decía—como conviene ser conducido por este lugar. Tú das calor al mundo, tú le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre de guía, a menos que otra razón disponga lo contrario.
Ya habíamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa voluntad, un trayecto como el que acá se cuenta por una milla, cuando sentimos volar hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espíritus que, hablando, invitaban cortésmente a tomar asiento en la mesa de amor. La primera voz que pasó volando decía distintamente: "Vinum non habent!" y se alejó, repitiéndolo por detrás de nosotros. Antes que dejara de percibirse enteramente a causa de la distancia, pasó otra gritando: "Yo soy Orestes;" y tampoco se detuvo.
—¡Oh Padre!—dije yo—; ¿qué voces son esas?