—Yo fuí sienesa—respondió—, y estoy aquí con estos otros purificando mi vida culpable, y suplicando con lágrimas a Aquél que debe concedérsenos. No fuí sabia, por más que me llamaran "Sapía," y me alegraron más los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no creas que te engaño, oye si fuí tan necia como te digo. Descendía ya por la pendiente de mis años, cuando mis conciudadanos se encontraron cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo mismo que El quería. Fueron destrozados, y reducidos en aquel sitio al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza, tuve tal contento, que ningún otro puede igualársele. Mientras tanto elevaba al cielo mi atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te temo," como hizo el mirlo engañado en invierno por algunos días apacibles. Hacia el fin de mi vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habría comenzado a pagar mi deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque me tuvo presente en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiadó de mí, movido de su caridad. Pero ¿quién eres tú, que vas informándote de esa suerte de nuestra condición, con los ojos libres, según creo, y que hablas respirando?

—También estarán mis ojos cosidos aquí—le dije—, pero por poco tiempo; pues el delito que cometí mirando con ellos envidiosamente ha sido pequeño. Mucho más miedo infunde a mi alma el castigo de abajo; pues ya siento gravitar sobre mí el peso de que van cargados los que allí están.

Ella me preguntó:

—¿Quién te ha conducido, pues, aquí arriba entre nosotros, si crees volver abajo?

Contestéle:

—Ese que está conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo cual dime, espíritu elegido, si quieres que allá mueva en tu favor aún los pies mortales.

—¡Oh!, eso sí que es una cosa nunca oída—repuso—, y una gran señal de que Dios te ama: ruégote, por tanto, que me auxilies con tus oraciones; y te suplico por aquello que más desees, que si vuelves a pisar la tierra de Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes. Los verás entre aquella gente vana, que confía en Talamone; y esa esperanza, más descabellada que la de encontrar la Diana, los perderá; pero los almirantes perderán más aún.