Yo me había arrodillado, y quise hablar; pero cuando empezaba, el espíritu advirtió, con sólo escuchar, este acto de reverencia, y me dijo:

—¿Por qué te inclinas al suelo de ese modo?

Le contesté:

—Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad.

—Endereza tus piernas, y levántate, hermano—repuso—; no te engañes: como tú y los demás, soy servidor de la misma potestad. Si has podido comprender aquellas palabras evangélicas que dicen "neque nubent," bien puedes ver por qué hablo así. Véte ya: no quiero que te detengas por más tiempo; que tu permanencia aquí da treguas a mi llanto, con el que acelero lo que tú has dicho antes. Tengo allá abajo una sobrina, que se llama Alagia, naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya pervertido con su ejemplo. Ella sola me queda ya en el mundo.


CANTO VIGESIMO