CANTO VIGESIMOPRIMERO

E atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con aquella agua que pidió como gracia la joven samaritana; excitábame la prisa de seguir a mi jefe por el obstruído sendero, y me afligía el espectáculo del justo castigo. En esto, según refiere Lucas que se apareció Cristo a dos hombres en el camino, después de haber salido del sepulcro, así se nos apareció una sombra, que venía en pos de nosotros mirando a sus plantas las almas tendidas: aun no habíamos reparado en ella, cuando nos dirigió la palabra diciéndonos:

—Hermanos míos, la paz de Dios sea con vosotros.

Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostración que convenía a aquel saludo. Después le dijo:

—¡Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de verdad que me relega a un destierro perpetuo!

—¡Cómo!—exclamó el espíritu—; ¿pues por qué vais tan de prisa, si sois sombras que Dios no se digna admitir allá arriba? ¿Quien os ha guiado hasta aquí por su escala?

Mi Doctor contestó: