Contesté, pues:
—Quizá te asombres, antiguo espíritu, de mi sonrisa; pero quiero causarte mayor admiración. Este, que guía mis ojos hacia arriba, es aquel Virgilio, de quien aprendiste a cantar en sublimes versos los actos de los hombres y de los dioses. Si creíste que mi sonrisa tenía otra causa, deséchala como errónea, que sólo procedía de las palabras que pronunciaste con respecto a él.
Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Señor; pero éste le dijo:
—Hermano, no lo hagas; que tú eres sombra, y ves ante ti a otra sombra.
Y él, levantándose, contestó:
—Tú puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me inflama, cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un cuerpo sólido.