—Di, ¿quién fuiste?—fué mi respuesta, impregnada del mayor afecto.
¡Oh, cuánto más brillante y bella se volvió cuando le hablé, a causa del nuevo gozo que acrecentó sus alegrías! Embellecida de este modo, me dijo:
—Poco tiempo me tuvo allá abajo el mundo[121]: si yo hubiera permanecido más en él, no habrían sucedido muchos de los males que allí suceden. La alegría que despide en torno mío estos fulgores, me cubre como al gusano su capullo, y me oculta a tus ojos. Tú me has amado mucho, y tuviste motivo para ello; porque si yo hubiera estado allá abajo más tiempo, te habría dado en prueba de mi amor algo más que las hojas. Aquella ribera izquierda, que baña el Ródano después de haberse unido con el Sorgues, me esperaba, andando el tiempo, para recibirme por su señor; así como también aquella punta de la Ausonia que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y Crotona, desde donde el Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba ya en mi frente la corona de aquella tierra que riega el Danubio después de abandonar las riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los promontorios Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con más violencia, se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el azufre que se exhala de su suelo, habría esperado aún sus reyes nacidos por mí de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a los pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "¡Muera! ¡muera!" Y si mi hermano hubiera previsto esto, huiría ya la avara pobreza de Cataluña para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en verdad, proveer por sí mismo o por otros, a fin de que su barca no tenga más carga de la que pueda soportar. Su índole, que de liberal se ha hecho avara, necesitaría ministros que no se cuidasen sólo de llenar sus arcas.
—El gran contento que me infunden tus palabras, ¡oh señor mío!, me es mucho más grato al considerar que aquí, donde está el principio y el fin de todo bien, lo ves como yo lo veo; y también gozo pensando que en presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta alegría, aclárame (pues hablando me has hecho dudar) cómo de una semilla dulce puede salir un fruto amargo.
Esto le dije, y él me contestó:
—Si puedo demostrarte una verdad, volverás el rostro a lo que preguntas, como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento y alegría a todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia sea virtud influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta por sí misma, no sólo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino también a la conservación y estabilidad de todas juntas: por lo cual, todo cuanto desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un fin determinado, como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese así, el cielo sobre que caminas produciría sus efectos de tal modo, que no serían obras de arte, sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir que son defectuosas las inteligencias que mueven estos astros, y defectuoso también el Sér primero, que no las hizo perfectas. ¿Quieres que te aclare más esta verdad?
—No es menester—contesté—; pues considero imposible que la naturaleza llegue a faltar en aquello que es necesario.
El Alma continuó:
—Dime, pues: ¿sería peor la existencia del hombre en la Tierra, si no viviera en sociedad?
—Sí—repuse—; y no pregunto la razón de eso.