—Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el término a que deben aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese término lo veo ahora tal cual es. Isaías dice que cada una de ellas vestirá en su patria un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu hermano[181] nos manifiesta más claramente esta revelación, allí donde trata de las blancas vestiduras.
Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, se oyó primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron todos los círculos de almas. Luego resplandeció entre ellas una luz tan viva, que si Cáncer tuviera semejante claridad, el invierno tendría un mes de un solo día. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va y toma parte en la danza, sólo por festejar a la recién venida, y no por vanidad u otra flaqueza, así vi al esclarecido esplendor acercarse a los otros dos, que seguían dando vueltas cual era necesario a su ardiente amor. Púsose a cantar con ellos las mismas palabras con la misma melodía; y mi Dama fijó en él sus miradas como esposa inmóvil y silenciosa.
—Ese es aquél que descansó sobre el pecho de nuestro Pelícano; es el que fué elegido desde la cruz para el gran cargo.
Así dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar más atentas después que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos en el Sol esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar, concluye por no ver, así me sucedió con aquel último fuego, hasta que me fué dicho:
—¿Por qué te deslumbras para ver una cosa que aquí no existe? Mi cuerpo es tierra en la Tierra, y allí permanecerá con los otros cuerpos hasta tanto que nuestro número se iguale con el eterno propósito. Las dos luces que se elevaron antes son las únicas que existen en este bienaventurado claustro con sus dos vestiduras; y así lo debes repetir en tu mundo.
Dichas estas palabras, cesó el girar del círculo inflamado juntamente con el dulce concierto que formaba la armonía del triple canto; así como, para descansar o huír de un peligro, se detienen al sonido de un silbo los remos que venían azotando el agua.
¡Ah! ¡Cuánta fué la turbación de mi mente cuando me volví para ver a Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en el dichoso mundo!