—El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo que estás viendo, me place tanto más cuanto es más vehemente; pero es preciso que bebas de esa agua antes que sacies tanta sed.
Así me dijo el Sol de mis ojos. Luego añadió:
—El río y los topacios, que entran y salen, y la sonrisa de las hierbas son nada más que sombras y prefacios de la verdad: no es decir que estas cosas sean en sí de difícil comprensión; pues el defecto está en ti, que no tienes aún la vista bastante elevada.
Ningún niño se tira de cabeza tan presuroso al pecho de su madre cuando despierta más tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los espejos de mis ojos, me incliné sobre la onda luminosa, que corre a fin de que se perfeccione la vista; y apenas se bañó en ella la extremidad de mis párpados, me pareció que la larga corriente se había vuelto redonda. Después, así como la gente enmascarada parece otra cosa muy distinta en cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la cual se ocultaba, así me pareció que adquirían mayor alegría las flores y las centellas; de modo que vi distintamente las dos cortes del cielo. ¡Oh esplendor de Dios, merced al cual vi el gran triunfo del reino de la verdad! Dame fuerzas para decir cómo lo vi.
Hay allá arriba una luz, que hace visible el Creador a toda criatura que sólo funda su paz en contemplarle; y se extiende en forma circular por tanto espacio, que su circunferencia sería para el Sol un cinturón demasiado anchuroso. Toda su apariencia procede de un rayo reflejado sobre la cumbre del Primer Móvil, que de él adquiere movimiento y potencia; y así como una colina se contempla en el agua que baña su base, cual si quisiera mirarse adornada cuando es más rica de verdor y flores, así, suspendidas en torno, en torno de la luz, vi reflejarse en más de mil gradas todas las almas que desde nuestro mundo han vuelto allá arriba. Y si la última grada concentra en sí tanta luz, ¡cuál no será el esplendor de esta rosa en sus últimas hojas! Mi vista no se perdía en la anchura ni en la elevación de esta rosa, sino que abarcaba toda la cantidad y la calidad de aquella alegría. Allí, el estar cerca o lejos, no da ni quita; porque donde Dios gobierna sin interposición de causas secundarias, no ejerce ninguna acción la ley natural. Hacia el centro de la rosa sempiterna, que se dilata, se eleva gradualmente y exhala un perfume de alabanzas al Sol que allí produce una eterna primavera, me atrajo Beatriz como el que calla al mismo tiempo que quiere hablar, y dijo:
—¡Mira cuán grande es la reunión de blancas estolas! ¡Mira qué gran circuito tiene nuestra ciudad! ¡Mira nuestros escaños tan llenos, que ya son pocos los llamados a ocuparlos! En aquel gran asiento donde tienes los ojos fijos a causa de la corona que está colocada sobre él, antes que tú cenes en estas bodas se sentará el alma de gran Enrique, que será augusta en la Tierra,[202] el cual irá a reformar la Italia antes que se halle preparada para ello. La ciega codicia que os enferma, os ha hecho semejantes al niño que muere de hambre y rechaza a su nodriza. Entonces será prefecto en el foro divino un hombre,[203] que abierta y ocultamente no irá por el mismo camino que aquél; pero poco tiempo le tolerará Dios en su santo cargo; porque será arrojado donde está Simón Mago por sus merecimientos, y hará que el de Alagna[204] se hunda más.