—No estaba yo allí solo; y en verdad, no sin razón me encontré en aquel sitio con los demás; pero sí fuí el único que, cuando se trató de destruir a Florencia, la defendí resueltamente.
—¡Ah!—le contesté—; ¡ojalá vuestra descendencia tenga paz y reposo! Pero os ruego que deshagáis el nudo que ha enmarañado mi pensamiento. Me parece, por lo que he oído, que prevéis lo que el tiempo ha de traer, a pesar de que os suceda lo contrario con respecto a lo presente.
—Nosotros—dijo—somos como los que tienen la vista cansada, que vemos las cosas distantes, gracias a una luz con que nos ilumina el Guía soberano. Cuando las cosas están próximas o existen, nuestra inteligencia es vana, y si otro no nos lo cuenta, nada sabemos de los sucesos humanos; por lo cual puedes comprender que toda nuestra inteligencia morirá el día en que se cierre la puerta del porvenir.
—Decid a ese que acaba de caer, que su hijo está aún entre los vivos. Si antes no le respondí, hacedle saber que lo hice porque estaba distraído con la duda que habéis aclarado.
Mi Maestro me llamaba ya, por cuya razón rogué más solícitamente al espíritu que me dijera quién estaba con él.
—Estoy tendido entre más de mil—me respondió—; ahí dentro están el segundo Federico y el Cardenal.[10] En cuanto a los demás, me callo.
Se ocultó después de decir esto, y yo dirigí mis pasos hacia el antiguo poeta, pensando en aquellas palabras que me parecían amenazadoras. Se puso en marcha, y mientras caminábamos, me dijo:
—¿Por qué estás tan turbado?
Y cuando satisfice su pregunta:
—Conserva en tu memoria lo que has oído contra ti—me ordenó aquel sabio—; y ahora estáme atento.