—Yo nací en el reino de Navarra. Mi madre me puso al servicio de un señor: ella me había engendrado de un pródigo, que se destruyó a sí mismo y disipó su fortuna. Después fuí favorito del buen rey Tebaldo, y me lancé a comerciar con sus favores; crimen de que doy cuenta en este horno.
Y Ciriatto, a quien salía de cada lado de la boca un colmillo como el de un jabalí, le hizo sentir lo bien que uno de ellos hería. Entre malos gatos había caído aquel ratón; porque Barbariccia lo sujetó entre sus brazos, diciendo: "Quedaos ahí mientras que yo le ensarto." Y volviendo el rostro hacia mi Maestro, añadió: "Pregúntale aún si deseas saber más, antes que otros lo destrocen."
—Dime, pues, si entre los otros culpables que están sumergidos en esa pez, conoces algunos que sean latinos.
A lo que contestó:
—Acabo de separarme de uno que fué de allí cerca. ¡Así estuviera, como él, bajo la pez; no temería ahora ni las garras ni los garfios!
Y Libicocco: "Ya hemos tenido demasiada paciencia," dijo; y le enganchó por el brazo con su harpón, arrancándole de un golpe todo el antebrazo. Draghignazzo quiso también cogerle por las piernas; pero su Decurión se volvió hacia todos ellos lanzando una mirada furiosa. Cuando se hubieron calmado un poco, mi Guía no tardó en preguntar a aquel que estaba contemplando su herida:
—¿Quién es ése de quien dices que te has separado, por tu desgracia, para salir a flote?
Y le respondió:
—Es el hermano Gomita, aquel de Gallura, vaso de iniquidad, que tuvo en su poder a los enemigos de su señor, e hizo de modo que todos le alabasen. Aceptó su oro y los dejó libres, según él mismo dice; y con respecto a los empleos, no fué un pequeño, sino un soberano prevaricador. Con él conversa a menudo don Miguel Zanche de Logodoro, y sus lenguas no se cansan nunca de hablar de las cosas de Cerdeña. ¡Ay de mí! Ved a ese otro cómo aprieta los dientes. Aun hablaría más, pero temo que se prepare a rascarme la tiña.