—Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda: en seguida me daré cuanta prisa quieras.

El Guía se detuvo, y yo dije a aquel que aún estaba blasfemando:

—¿Quien eres tú, que así reprendes a los demás?

Me contestó:

—Y tú, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los demás en el rostro, de modo que, si estuvieras vivo, aún serían tus golpes demasiado fuertes, ¿quién eres?

—Yo estoy vivo—fué mi respuesta—; y puede serte grato, si fama deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.

A lo que repuso:

—Deseo todo lo contrario: véte de aquí, y no me causes más molestia, pues suenan mal tus lisonjas en esta caverna.

Entonces le cogí por los pelos del cogote, y le dije:

—Es preciso que digas tu nombre, o no te quedará ni un solo cabello.