Y uno de los desgraciados de la helada charca nos gritó:

—¡Oh almas tan culpables que habéis sido destinadas al último recinto! Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el dolor que me hincha el corazón, antes que mis lágrimas se hielen de nuevo.

Al oír tales palabras, le dije:

—Si quieres que te alivie, dime quién fuiste; y si no te presto ese consuelo, véame sumergido en el fondo de ese hielo.

Entonces me contestó:

—Yo soy fray Alberigo[43]: soy aquel, cuyo huerto ha producido tan mala fruta, que aquí recibo un dátil por un higo.

—¡Oh!—le dije—; ¿también tú has muerto?

—No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba—repuso—; esta Ptolomea tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella antes de que Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me arranques las congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un alma comete alguna traición como la que yo cometí, se apodera de su cuerpo un demonio, que después dirige todas sus acciones, hasta que llega el término de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna; y por eso tal vez aparezca todavía en el mundo el cuerpo de esa sombra que está detrás de mí en este hielo. Debes conocerle, si es que acabas de llegar al Infierno: es "ser" Branca d'Oria, el cual hace ya muchos años que fué encerrado aquí.

—Yo creo—le dije—que me engañas; porque Branca d'Oria no ha muerto aún, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.

—Aun no había caído Miguel Zanche—repuso aquél—en la fosa de Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca d'Oria ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de uno de sus parientes, que fué cómplice de su traición. Extiende ahora la mano y ábreme los ojos.