—Si lo sabéis, indicadnos el camino que conduce a la montaña.

Virgilio respondió:

—¿Por ventura creéis que conocemos este sitio? Somos aquí tan nuevos como vosotros, y hemos llegado a él poco antes por otro camino tan rudo y áspero, que el subir esta montaña será para nosotros ahora cosa de juego.

Las almas, que advirtieron, por mi respiración, que yo estaba aún vivo, palidecieron de asombro; y así como se agolpa la gente en derredor del mensajero coronado de olivo para oír sus noticias, sin temor de empujarse y pisarse unos a otros, así se agolparon en torno mío todas aquellas almas afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a embellecerse. Vi una de ellas, que se adelantó para abrazarme con tales muestras de afecto, que me movió a hacer lo mismo con ella; pero, ¡oh sombras vanas, excepto para la vista! Tres veces quise rodearla con mis brazos, y otras tantas volvieron éstos a caer solos sobre mi pecho. Creo que la admiración debió pintarse en mi rostro; porque la sombra sonrió y se retiró; y yo, siguiéndola, continué avanzando. Me dijo con voz suave que me detuviese; conocí entonces quién era, y habiéndole rogado que se parase un momento para hablarme, respondióme:

—Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo también desprendido de él; por eso me detengo; pero tú ¿por qué vienes aquí?

—Casella mío, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde permanezco aún; pero a ti, ¿cómo es que se te ha negado por tanto tiempo el venir a este sitio?

Me respondió:

—Si aquel que conduce a quien y cómo le place me ha negado muchas veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque es justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta parte ha recogido sin oposición a cuantos han querido entrar en su nave: así es que yo, que me encontraba en la playa donde el Tíber se mezcla con las saladas ondas del mar, fuí acogido benignamente por él. A la embocadura de aquel río dirige ahora su vuelo; pues allí se reúnen siempre los que no descienden hacia el Aqueronte.

Y yo dije:

—Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos cantos amorosos, que solían calmar todos mis deseos, dígnate consolar un poco mi alma, que viniendo aquí con su cuerpo, se ha angustiado tanto.