Nació en San Juan el 15 de febrero de 1811. Aprendió primeras letras en la Escuela de la patria; en 1821 no consiguió una beca para el seminario de Loreto, de Córdoba; circunstancias adversas impidiéronle continuar sus estudios en el Colegio de Ciencias Morales, de Buenos Aires. En 1826 se dedicó a enseñar los primeros rudimentos del saber a los mocetones de San Francisco, en San Luis. Vuelto a San Juan (1872) vióse obligado a ganarse el sustento trabajando como dependiente en un almacén; en sus momentos libres leyó las cartillas de ciencias y artes que estaban allí de venta. Desde esa fecha hasta su muerte vivió estudiando y enseñando.
Afiliado al unitarismo, desde 1829, tocóle emigrar a Chile. Allí fué maestro de escuela municipal en una aldea, abrió un despacho de bebidas, fué dependiente de comercio, trabajó en una mina, hasta regresar a San Juan (1837). Tuvo entonces ocasión de ensanchar sus conocimientos, y dos años más tarde organizó un colegio y fundó un periódico, El Zonda, cuya publicación le costó la cárcel. Emigró a Chile en 1840. En Valparaíso fué redactor de El Mercurio y en Santiago fundó El Nacional. En 1842 organizó la Escuela Normal de Preceptores, de que fué director, sin apartarse del periodismo de combate. De 1845 a 1848 viajó por Europa y Estados Unidos, continuando a su regreso las tareas educacionales y periodísticas. En 1852 se incorporó al ejército de Urquiza, apartándose de éste poco después de caer Rosas. Emigró nuevamente, y en Chile rompió su amistad con Alberdi, para siempre. Con varia fortuna política fué muchas veces diputado, senador, ministro, gobernador de San Juan (1862-1864) y Presidente de la República (1868-1874). Fué repetidamente Director y Superintendente de Escuelas, provincial y nacional, tocándole sostener luchas memorables con los partidos reaccionarios, en defensa de la escuela laica.
Su enorme labor escrita (Obras Completas, LII volúmenes) es, en grandísima parte, periodística y de oportunidad. Sus obras principales son: Facundo (1845), De la educación popular (1848), Argirópolis (1850), Recuerdos de Provincia (1850), Comentarios de la Constitución (1853), Conflicto y armonías de las razas en América (1883), etc.
Su característica fué la lucha por la educación pública. Por el número y la variedad de sus iniciativas, no tiene parangón con ningún otro americano; su eficacia como agitador de espíritus fué absoluta, ejercitando para ello sus dos vocaciones fundamentales: el magisterio y el periodismo. Centuplicando su vida en un perenne afán de aprender y enseñar, dejó rastro firme en cuantas cosas posó su mano.
El 11 de septiembre de 1888, falleció en el Paraguay, donde fuera en busca de remedio a sus achaques. La posteridad, unánime, le ha señalado como el más eminente de los argentinos.
ESTADOS UNIDOS
Señor don Valentín Alsina.
Noviembre 12 de 1847.
Salgo de los Estados Unidos, mi estimado amigo, en aquel estado de excitación que causa el espectáculo de un drama nuevo, lleno de peripecias, sin plan, sin unidad, erizado de crímenes que alumbran con su luz siniestra actos de heroísmo y abnegación, en medio de los esplendores fabulosos de decoraciones que remedan bosques seculares, praderas floridas, montañas sañudas, o habitaciones humanas en cuyo pacífico recinto reinan la virtud y la inocencia. Quiero decirle que salgo triste, pensativo, complacido y abismado; la mitad de mis ilusiones rotas o ajadas, mientras que otras luchan con el raciocinio para decorar de nuevo aquel panorama imaginario en que encerramos siempre las ideas que no hemos visto, como damos una fisonomía y un metal de voz al amigo que sólo por cartas conocemos. Los Estados Unidos son una cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a la primera vista, y frustra la espectación pugnando contra las ideas recibidas, y no obstante este disparate inconcebible es grande y noble, sublime a veces, regular siempre; y con tales muestras de permanencia y de fuerza orgánica se presenta, que el ridículo se deslizaría sobre su superficie como la impotente bala sobre las duras escamas del caimán. No es aquel cuerpo social un ser deforme, monstruo de las especies conocidas, sino como un animal nuevo producido por la creación política, extraño como aquellos megaterios cuyos huesos se presentan aún sobre la superficie de la tierra. De manera que para aprender o contemplarlo, es preciso antes educar el juicio propio, disimulando sus aparentes faltas orgánicas, a fin de apreciarlo en su propia índole, no sin riesgo de, vencida la primera extrañeza, apasionarse por él, hallarlo bello, y proclamar un nuevo criterio de las cosas humanas, como lo hizo el romanticismo para hacerse perdonar sus monstruosidades al derrocar al viejo ídolo de la poética romano-francesa.