El Estado manda sus ingenieros a delinear las tierras vendibles, tomando por base de la mensura un meridiano del cielo. Si a cien leguas de distancia al sur o al norte ha de medirse otra porción de tierra, los ingenieros buscarán el mismo meridiano, para que un día, dentro de dos siglos quizás aparezcan completas y sin interrupción aquellas líneas que han venido dividiendo el continente en zonas, cual si fuera una pequeña heredad. Esta agrimensura rectilínea es privativa del genio americano. La propiedad en la provincia de Buenos Aires, en aquella pampa lisa como la mesa del geómetra, fué forzada por el genio de Rivadavia a encuadrarse en paralelógramos, triángulos y figuras de fácil conmensuración, de manera que se reprodujesen sin esfuerzo en el mapa que daba el departamento topográfico cada diez años, pudiendo por la comparación de las varias ediciones, estudiarse a vista de ojo el movimiento de la propiedad, buscando un término medio de extensión, subdividiéndose por las particiones entre herederos las grandes propiedades, acumulándose las pequeñas, por la necesidad de apropiarlas a la cría del ganado.
El error fatal de la colonización española en la América del Sur, la llaga profunda que ha condenado a las generaciones actuales a la inmovilidad y al atraso, viene de la manera de distribuir las tierras. En Chile se hicieron concesiones de grandes lotes entre los conquistadores, medidos de cerro a cerro, y desde la margen de un río hasta la orilla de un arroyo. Se fundaron condados entre los capitanes, y a la sombra de sus techos improvisados, debieron asilarse los soldados, padres del inquilino, este labrador sin tierra, que crece y se multiplica sin aumentar el número de edificios. El prurito de ocupar tierras en nombre del rey hizo apoderarse de comarcas enteras, distanciándose los propietarios, que en tres siglos no han alcanzado a desmontar la tierra intermediaria. La ciudad por tanto quedaba en este vasto plan suprimida, y las pocas aldeas de nueva creación después de la conquista han sido decretadas por los presidentes, contándose cien por lo menos en Chile de este origen oficial y ficticio. Ved cómo procede el norteamericano, recién llamado en el siglo XIX a conquistar su pedazo de mundo para vivir, porque el gobierno ha cuidado de dejar a todas las generaciones sucesivas su parte de tierra. La conscripción de jóvenes aspirantes a la propiedad se apiña todos los años en torno del martillo en que se venden las tierras públicas, y con su lote numerado parte a tomar posesión de su propiedad, esperando que los títulos en forma le vengan más tarde de las oficinas de Wáshington. Los más enérgicos yankees, los misántropos, los selváticos, los squatters, en fin, obran de una manera más romanesca, más poética o más primitiva. Armados de su rifle se enmarañan en las soledades vírgenes, matan por pasatiempo ardillas que triscan con su movilidad incansable entre las ramas de los árboles; una bala certera vuela al firmamento a precipitar un águila que cernía sus alas majestuosamente sobre la verdinegra superficie que forman las copas de los árboles; el hacha, su compañera fiel, cuando no fuere más que por ejercitar las fuerzas, ha de echar cedros o robles al suelo. En estas correrías vagabundas, el plantador indisciplinado busca un terreno fértil, un punto de vista pintoresco, la margen de un río navegable, y cuando se ha decidido en su elección, como en las épocas primitivas del globo, dice esto es mío, y sin otra diligencia toma posesión de la tierra en nombre del rey del mundo, que es el trabajo y la voluntad. Si algún día llega hasta el límite que él ha trazado a su propiedad la mensura de las tierras del Estado, la venta en almoneda sólo servirá para decirle lo qué debe por lo que ha cultivado, según el precio a que se vendan los adyacentes campos incultos; y no es raro que este carácter indómito, insocial, alcanzado por las poblaciones que vienen avanzando sobre el desierto, venda su quinta y se aleje con su familia, sus bueyes y caballos, buscando la apetecida soledad de los bosques. El yankee ha nacido irrevocablemente propietario; si nada posee ni poseyó jamás, no dice que es pobre, sino que está pobre; los negocios van mal; el país va en decadencia; y entonces los bosques primitivos se presentan a su imaginación, obscuros, solitarios, apartados, y en el centro de ellos, a la orilla de algún río desconocido, ve su futura mansión, el humo de las chimeneas, los bueyes que vuelven con tardo paso al caer de la tarde al redil, la dicha, en fin la propiedad que le pertenece. Desde entonces no habla ya de otra cosa que de ir a poblar, a ocupar tierras nuevas. Sus vigilias las pasa sobre la carta geográfica, computando las jornadas, trazándose un camino para la carreta; y en el diario no busca sino el anuncio de venta de terrenos del Estado, o la ciudad nueva que se está construyendo en las orillas del lago Superior.
Alejandro el Grande destruyendo a Tiro, tenía que devolver al comercio del mundo un centro para reconcentrar las especies del Oriente, y desde donde se derramasen en seguida por las costas del Mediterráneo. La fundación de Alejandría le ha valido su renombre como muestra de su perspicacia, no obstante que las vías comerciales eran conocidas y el istmo de Suez la feria indispensable entre los mares de la India y la Europa y el Africa de entonces. Esta obra la realizan todos los días Alejandros norteamericanos que vagan en los desiertos buscando puntos que un estudio profundo del porvenir señala como centros futuros del comercio. El yankee, inventor de ciudades, profesa una ciencia especulativa, que de inducción en inducción, lo conduce a adivinar el sitio donde ha de florecer una ciudad futura. Con el mapa extendido a la sombra de los bosques, su ojo profundo mide las distancias de tiempo y de lugar, traza por la fuerza del pensamiento el rumbo que han de llevar más tarde los caminos públicos; y encuentra en su mapa las encrucijadas forzosas que han de hacer. Precede a la marcha invasora de la población que se avanza sobre el desierto, y calcula el tiempo que empleará la del norte y el que necesita la del sur, para acercarse ambas al punto que estudia, que ha escogido en la confluencia de dos ríos navegables. Entonces traza con mano segura el trayecto de caminos de hierro que han de ligar el sistema comercial de los lagos con su presunta metrópoli, los canales que pueden alimentar los ríos y arroyos que halla a mano, y los millares de leguas de navegación fluvial que quedan en todas direcciones sometidas como radios del centro que imagina. Si después de fijados estos puntos, halla un manto de carbón de piedra, o minas de hierro, levanta el plano de la ciudad, la da nombre y vuelve a las poblaciones, a anunciar, por los mil ecos del diarismo, el descubrimiento que ha hecho del local de una ciudad famosa en el porvenir, centro de cien vías comerciales. El público lee el anuncio, abre el mapa para verificar la exactitud de las inducciones, y si halla acertados los cálculos, acude en tropel a comprar lotes de terreno, cual en los que han de ser tajamares y muelles, cual en derredor de la plaza de Wáshington o de Franklin; y una Babel se levanta en un año, en medio de los bosques, afanados todos por estar en posesión el día que lleguen a realizarse los grandes destinos predichos por la ciencia topográfica a la ciudad. Abrense en tanto caminos de comunicación; el diario del lugar da cuenta de los progresos de la sociedad, la agricultura comienza, álzanse los templos, los hoteles, los muelles y los bancos; puéblase de naves el puerto, y la ciudad empieza en efecto a extender sus relaciones, y a hacer sentir la urgencia de ligarse por caminos de hierro o canales a los otros grandes centros de actividad. Cien ciudades en los lagos, en el Misisipí y en otros puntos remotos, tienen este sabio y calculado origen, y casi todos justifican por sus progresos asombrosos, la certeza y la profundidad de los estudios económicos y sociales que les sirvieron de origen.
Dos clases de seres humanos conozco, entre quienes sobrevive aún en medio de nuestra actual mesura de carácter moral, el antiguo espíritu heroico de las primeras edades de los pueblos. Los presidiarios de Tolón y de Bicerte, y los emigrantes norteamericanos; todo el resto de la especie humana ha caído en la atonía de la civilización. Las hazañas de Francisco Pizarro o las de los Argonautas las reproduce a cada momento la audacia inaudita del presidiario liberto; valor, constancia, sufrimiento, disimulo y violación de toda ley moral, de todo principio de honor y de justicia; todo es igual, sin que esto excluya cierta grandeza de alma, cierta inteligencia profunda en los medios, que está revelando el genio humano mal empleado, el Alejandro pervertido y ocupado en matar a unos pocos transeuntes en lugar de asolar naciones y ametrallar a millares, lo que ya cambia la escena y los nombres, guerra, conquista, etc.
En los Estados Unidos aquellos caracteres acerados, que hay distribuídos al uno por ciento en todas partes, se entregan a sus instintos heroicos, sin nombre aún, para establecerse y multiplicarse. El espíritu yankee se siente aprisionado en las ciudades; necesita ver desde la puerta de su casa la dilatada y sombría columnata que forman las encinas seculares de los bosques.
¿Por qué se ha muerto el espíritu colonizador entre nosotros, los descendientes de la colonización oficial? Desde Colón hasta una época no muy remota sin duda, la fundación de una ciudad española era solo un escalón para apoyar la invasión de otros puntos apartados. La ocupación del Perú traía aparejada la expedición de Almagro: cuando Mendoza se defendía contra los araucanos en el sud, destacaba al oriente sesenta lanceros al mando del capitán Jofré, para ir a asomarse al otro lado de los Andes, y fundar dos ciudades, San Juan y Mendoza, solitarias en medio de desiertos, a la orilla de los dos ríos que hallaron.
Contaré a usted el sistema entero de estas empresas que requieren Hércules para realizarlas, y verá usted si merecen desprecio por los motivos y por los medios, aquellas hazañas de nuestros conquistadores de Sud América. Sabe usted cuánta irritación hubo, y cuánta necedad dijeron de una y otra parte en la cuestión de límites del Oregón. Todo quedó en paz después que americanos e ingleses se hubieron racionalmente entendido, menos el espíritu yankee, que, como el cóndor la sangre, había husmeado, en la discusión, tierras laborables, ríos, bosques, puertos. La discusión comienza de nuevo en los diarios sobre la posibilidad de sorberse el comercio de la China por el Oregón; sobre la facilidad de abrir un camino de hierro de ocho días de marcha, desde el Pacífico al Atlántico, y la ventaja de tomar el pan caliente aún salido de Cincinnati, vía Oregón, y otros mil tópicos, inverosímiles y absurdos para otro que no sea el yankee, habituado a no creer imposible nada, desde que se puede concebir, él, que desde luego tiene adiestrada su mente a concebir proyectos. Cuando la opinión está formada y designados los rumbos que deben seguirse para ir a aquel Eldorado remoto, se indica la estación oportuna para emigrar, y el punto de partida, y el día designado por algunos emigrantes que invitan a todos los aventureros de la Unión para acompañarlos en la gloriosa jornada. El día del rendez vous, vense de todos los puntos del horizonte llegar hileras de carros, cargados de mujeres, niños, gallinas, ollas, arados, hachas, sillas, y toda clase de objetos de menaje; acompáñanles arreas escasas de bueyes apestados y mulas y caballos rengos y mancos que forman parte muy trabajada de la expedición, y sobre todo este conjunto, dominando las caras bronceadas, acentuadas y serias de los yankees vestidos de paletó, levita o fraque raído, con un rifle que le sirve de bastón, y la mirada tranquila del puritano y del chacarero.
Si he de darle una idea exacta de estas emigraciones y del espíritu yankee, necesito desde este momento ajustarme al hecho, y seguir los incidentes diarios de una, entre ciento, de estas estupendas marchas por el desierto, sin soldados, ni guardia, ni empleado público, ni autoridad humana que les ligue a la Unión que dejan sin pesar estos hijos de Noé.
En mayo de 1845 habían pasado por Independence, último término poblado del Estado de... varias tropas de carros, que de a veinte y ocho, que de a treinta y ocho, que de a ciento, dirigíanse con cortos intervalos hacia el Oregón. El día 13 varias de estas partidas reunidas en número de ciento setenta carros de la descripción arriba dicha, viéronse ya rodeadas a la distancia de indios que rondaban por asaltar el ganado mayor que montaba a cosa de dos mil cabezas, lo que hizo pensar que era ya tiempo de organizar la colonia, y constituir el estado ambulante; puesto que los oficiales y empleados públicos hasta entonces en ejercicio, debían terminar sus funciones en Big-Soldier. Los dos empleados que deben en primer lugar nombrarse son el piloto (baqueano) y el capitán. Todo el camino se ha venido tratando en las conversaciones de los carros y a la orilla del fuego en los alojamientos, de esta suprema cuestión, y las candidaturas rivales formando sus partidos. El 13 de mayo, cada carro lanza a la arena dos hombres, por lo menos, a reunirse en asamblea electiva. Dos candidatos para piloto se presentan; es el uno un tal Mr. Adams, que había entrado tierra adentro hasta el fuerte Laramie, poseía el derrotero (maning) de Gilpin, y tenía consigo un español que conocía el país; Mr. Adams, además, ha sido uno de los que más han contribuido a excitar la fiebre del Oregón, esto es, el deseo de emigrar. Mr. Adams pide 500 pesos por servir de piloto si la honorable asamblea se digna elegirlo.
Mr. Meek es un viejo montañés del corte del Trampero de Cooper; ha pasado muchos años en los Montes Rocallosos como traficante y trampero, y ha propuesto, como el otro, pilotearlos hasta el fuerte Vancouver, por 250 pesos, de los cuales sólo pedía 30 pesos. Se hace moción para postergar hasta el día siguiente la elección, cuando se ve al viejo Meek, venir a escape en su caballo, los ojos y la mano vueltos hacia el campo. Los indios se llevan el ganado, dice con precipitación; la asamblea se disuelve, y cinco minutos después estaba convertida en escuadrón de caballería armado de rifle y daga, y marchando en buen orden sobre el enemigo. A distancia de dos millas divisa una aldea de indios; la soldadesca se echa sobre los wigwams, y los indios sobrecojidos de espanto, las mujeres llorando, los niños escondiéndose, no saben qué imaginarse de aquel ataque de los caras pálidas. Los jefes indios se presentan a ofrecer la pipa de paz, y protestan enérgicamente contra la imputación que pesa sobre ellos. Un desgaritado que venía llegando a la aldea es cogido y llevado preso. Nómbranse jueces, y el prisionero se presenta a la barra. Preguntado, lisa y llanamente, si es criminal o no, contesta con un gruñido de terror. Su causa se instruye en forma entonces; se oyen las deposiciones de los testigos, y no siendo suficiente la evidencia de los cargos alegados contra él, se le absuelve completamente, quedando probado por el contrario que ha sido una falsa alarma para posponer la elección. Serenados los espíritus, y depuestos los rifles, vuelve la sociedad a constituirse en asamblea electoral, y se procede a votación, de la que resultan electos, el trampero Meek como piloto y Mr. Welch capitán, con los demás empleados necesarios para el buen gobierno, tales como tenientes, sargentos, jueces, etc. La marcha principia el 14 de mayo. Cinco millas el 16. El 17 se separan 16 carros, y se reunen al cuerpo principal. El 18 alcanza a un wigwam de los indios Caw, rateros insignes que se conducen honorablemente con la sociedad y la proveen de víveres en cambio de productos de la Unión. El 19 la minoría vencida en las elecciones protesta contra la voluntad de la mayoría. Para satisfacer las ambiciones burladas se conviene en dividir la masa en 3 cuerpos, cada uno de los cuales elegirá sus propios jefes y oficiales, no reconociéndose otra autoridad general que la del piloto y la de Mr. Welch. Antes de separarse se convino pagar el piloto, y para ello, se nombra un tesorero, quien después de dar las fianzas correspondientes, procede a colectar los fondos; algunos se niegan redondamente a pagar, y otros ex ciudadanos no tienen blanca. Después de haber arreglado satisfactoriamente éstos y otros puntos, se procede al nombramiento de oficiales para cada uno de los tres grupos, haciéndose en cada uno reglamentos respecto al buen gobierno de la compañía, y la marcha continúa el 20. El 23 el piloto avisa que el punto donde se hallan es el último donde pueden procurarse repuestos para ejes y pértigos para las carretas. El camino se va midiendo con una cadena diariamente, y se lleva un diario de todo lo ocurrido, aspecto del país, accidentes, pasto, leña, agua, maderas, ríos, pasajes, búfalos, etc., torcaces, conejos, etc. etc. Junio 2: una compañía propone desligarse del compromiso en que están de aguardarse en las marchas. La moción es rechazada. 15. Alto. Una manada de búfalos cae a tiro de rifle, matan algunos y hacen charque. La escena que el campo presenta en este momento está así descripta en el diario de viaje: “Los cazadores, volviendo con las reses, algunos erigiendo palizadas, otros secando carne. Las mujeres unas estaban lavando, planchando otras, muchas cosiendo. De dos tiendas, flautas hacían oir sus desusadas melodías en aquellas soledades; otras se oía cantar; tal lee su biblia, tal otro recorre una novela. Un predicador campbellista entona, por fin, un himno preparatorio para el oficio religioso”. Junio 24: llegan al fuerte Laramie, 630 millas distante de Independence.