Preguntadle al gaucho, a quien matan con preferencia los rayos, y os introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas, mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradiciones supersticiosas y groseras. Añádase que, si es cierto que el flúido eléctrico entra en la economía de la vida humana y es el mismo que llaman flúido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciende el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera recargada de electricidad hasta el punto que la ropa frotada chisporrotea como el pelo contrariado del gato.
¿Cómo no ha de ser poeta el que presencia estas escenas imponentes:
| «Gira en vano, reconcentra |
| su inmensidad, y no encuentra |
| la vista en su vivo anhelo |
| do fijar su fugaz vuelo |
| como el pájaro en la mar. |
| Doquier campo y heredades |
| del ave y bruto guaridas; |
| doquier cielo y soledades |
| de Dios sólo conocidas, |
| que El sólo puede sondar»[20], |
o el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?:[{52}]
| «De las entrañas de América |
| dos raudales se destacan: |
| el Paraná, faz de perlas, |
| y el Uruguay, faz de nácar. |
| Los dos entre bosques corren |
| o entre floridas barrancas, |
| como dos grandes espejos |
| entre marcos de esmeraldas. |
| Salúdanlos en su paso |
| la melancólica pava, |
| el picaflor y jilguero, |
| el zorzal y la torcaza. |
| Como ante reyes se inclinan |
| ante ellos seibos y palmas, |
| y le arrojan flor del aire, |
| aroma y flor de naranja; |
| luego en el Guazú se encuentran, |
| y reuniendo sus aguas, |
| mezclando nácar y perlas, |
| se derraman en el Plata»[21]. |
Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad; hay otra que hace oír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa y desaliñada del gaucho.
También nuestro pueblo es músico. Esta es una predisposición nacional que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por la primera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, o le pasan una vihuela, y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, o extrañan y no le creen, «porque siendo argentino—dicen—debe ser músico». Esta es una preocupación popular que acusa nuestros hábitos nacionales. En efecto: el joven[{53}] culto de las ciudades toca el piano o la flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican casi exclusivamente a la música, y son muchos los hábiles compositores e instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oye sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la noche el sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertos ambulantes.
El pueblo campesino tiene sus cantares propios.
El triste, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio, plañidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie, según Rousseau.
La vidalita, canto popular con coros, acompañado de la guitarra y un tamboril, a cuyos redobles se reúne la muchedumbre y va engrosando el cortejo y el estrépito de las voces; este canto me parece heredado de los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó, en celebración de la Candelaria, y como canto religioso, debe ser antiguo, y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españoles argentinos. La vidalita es el metro popular en que se cantan los asuntos del día, las canciones guerreras; el gaucho compone el verso que canta, y lo populariza por las asociaciones que su canto exige.