El triunfo de la Tablada abría una nueva época para la ciudad de Córdoba, que hasta entonces, según el mensaje pasado a la Representación provincial por el general Paz, «había ocupado el último lugar entre los pueblos argentinos»; «recordad que ha sido—continúa el mensaje—donde se han cruzado las medidas y puesto obstáculo a todo lo que ha tenido tendencia a constituir la nación, o esta misma provincia, ya sea bajo el sistema federal, ya bajo el unitario».
Córdoba, como todas las ciudades argentinas, tenía su elemento federal, ahogado hasta entonces por el Gobierno absoluto y quietista, como el de Bustos. Desde la entrada de Paz, este elemento oprimido se manifiesta en la superficie, mostrando cuanto se ha robustecido durante los nueve años de aquel Gobierno español.
He pintado antes ya a Córdoba, la antagonista en ideas a Buenos Aires; pero hay una circunstancia que la recomienda poderosamente para el porvenir. La ciencia es el mayor de los títulos para el cordobés; dos siglos de Universidad han dejado en las conciencias esta civilizadora preocupación, que no existe tan hondamente arraigada en las otras provincias del interior; de manera que no bien cambiara la dirección y materia de los estudios, pudo Córdoba contar ya con un mayor número de sostenedores de la civilización, que tiene por causa y efecto el dominio y cultivo de la inteligencia.[{183}]
Ese respeto a las luces, ese valor tradicional concedido a los títulos universitarios, desciende en Córdoba hasta las clases inferiores de la sociedad, y no de otro modo puede explicarse cómo las masas cívicas de Córdoba abrazaron la revolución civil que traía Paz, con un ardor que no se ha desmentido diez años después, y que ha preparado millares de víctimas de entre las clases artesana y proletaria de la ciudad, a la ordenada y fría rabia del mazorquero. Paz traía consigo un intérprete para entenderse con las masas cordobesas de la ciudad: ¡Barcala!, el coronel negro que tan gloriosamente se había ilustrado en el Brasil, y que se paseaba del brazo con los jefes del ejército; Barcala, el liberto consagrado durante tantos años a mostrar a los artesanos el buen camino, y a hacerles amar una revolución que no distinguía ni color ni clase para condecorar el mérito; Barcala fué el encargado de popularizar el cambio de ideas y miras obrado en la ciudad, y lo consiguió más allá de lo que se creía deber esperarse. Los cívicos de Córdoba pertenecen desde entonces a la ciudad, al orden civil, a la civilización.
La juventud cordobesa se ha distinguido en la actual guerra por la abnegación y constancia que ha desplegado, siendo infinito el número de los que han sucumbido en los campos de batalla, en las matanzas de la mazorca, y mayor aún el de los que sufren los males de la expatriación. En los combates de San Juan quedaron las calles sembradas de esos doctores cordobeses, a quienes barrían los cañones que intentaban arrebatar al enemigo.
Por otra parte, el clero, que tanto había fomentado la oposición al Congreso y a la Constitución, había tenido sobrado tiempo para medir el abismo a que conducían la civilización, los defensores del culto exclusivo de la[{184}] clase de Facundo, López y demás, y no vaciló en prestar adhesión decidida al general Paz.
Así, pues, los doctores como los jóvenes, el clero como las masas, aparecieron desde luego unidos bajo un solo sentimiento, dispuestos a sostener los principios proclamados por el nuevo orden de cosas. Paz pudo contraerse ya a reorganizar la provincia y a anudar relaciones de amistad con las otras. Celebróse un tratado con López de Santa Fe, a quien don Domingo de Oro inducía a aliarse con el general Paz; Salta y Tucumán lo estaban ya antes de la Tablada, quedando sólo las provincias occidentales en estado de hostilidad.[{185}]
CAPÍTULO VI
GUERRA SOCIAL.—ONCATIVO.
Que cherchez vous? Si vous êtes jaloux de voir un assemblage effrayant de maux et d'horreurs, vous l'avez trouvé.