de palmas inmarchitables

y de laureles eternos,

con una rica encomienda

se adornará vuestro pecho,

de Santiago ó Calatrava.

D. Álvaro.

(Muy agitado.)

¿Qué escucho? ¿Qué? ¡Santo cielo!

¡Ah!... no, no de Calatrava:

jamás, jamás... ¡Dios eterno!