La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas:
—¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla, yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas maravillosas...!
—¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además, ¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar!
La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas y radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada de matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises, con la lúcida hacha al hombro. Las palomas abandonaban las ramas de los cedros o las concavidades de las rocas donde bebían, para volar en torno de la Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de las flores abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El césped que la orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más fresco, y Ulises, indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente con la serenidad divina de su andar armonioso, meditaba la balsa, ansiando llegar al bosque.
Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de viejísimas tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto Éter. De su borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno roto de coral, ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura perfecta. El Mar refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la mañana blanca y colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa señaló al atento Ulises los troncos secos, robustecidos por soles innumerables, que fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas traidoras. Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol robusto también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y allí, tomó la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó...
Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha contra una vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba, en el fragor de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en el silencio eterno de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos bandos, espantadas y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos indolentes, estremecidas en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales y las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises, derribó veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales descortezó, escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado pecho humeaban de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para saciar el hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan bello a la Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas, apenas los caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la fuerza de aquellos brazos que habían derribado veinte troncos!
Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises, conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador. Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el arbolado, las Ninfas, escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos fulgurantes, aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal solitario, iba irguiendo una nave.
IV
En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros, maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses Inmortales.
Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más sanas y más finas de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados, con paciente magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía taciturnamente.