Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y mirándolo gritó, con soberbia risa estridente:

—¡En verdad, este oro es bueno!

Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a la generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a través de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la frente aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro robusto:

—¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases, para toda la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos perfectos...

Ulises volviose, con un grito magnífico:

—¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu perfección!

¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa, soltó la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para las tormentas, para las miserias, para la delicia de las cosas imperfectas!

¡EL SUAVE MILAGRO!

En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las dulces, luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus Milagros penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas, entre olivares y viñedos, en el país de Isacar.