—¡Es campestre!
IV
Zé Braz, en tanto, con las manos en la cabeza, desapareciera a ordenar la cena para sus inselencias. El pobre Jacinto, desalentado por el desastre, sin resistencia contra aquel brusco desaparecimiento de toda la civilización, cayó pesadamente sobre el poyo de una ventana, y desde allí miraba a los montes. Y yo, a quien aquellos aires serranos y el cantar del pastor sabían bien, terminé por descender a la cocina, conducido por el cochero, a través de escaleras y callejones, en donde la oscuridad venía menos del crepúsculo que de densas telas de araña.
La cocina era una espesa masa de tonos y formas negras, color de hollín, en la cual refulgía al fondo, sobre el suelo de tierra, una hoguera roja que lamía gruesas ollas de hierro, y se perdía en humareda por la reja escasa que en lo alto colaba la luz. Un bando alborozado y parlero de mujeres desplumaba pollos, batía huevos, limpiaba arroz con santo fervor... Del centro de ellas, el buen casero, atontado, embistió para mí, jurando que «la cena de sus inselencias no se demoraba un credo». Y como yo le interrogara a propósito de las camas, el digno Braz tuvo un murmurio vago y tímido sobre «jergoncitos en el suelo».
—Es bastante, señor Zé Braz —acudí yo para consolarle.
—¡Pues así Dios sea servido! —suspiró el hombre excelente, que atravesaba en esa hora el trance más amargo de su vida serrana.
Eché a andar hacia arriba con estas consoladoras nuevas de cena y cama, y encontré aún a mi Jacinto en el poyo de la ventana, embebiéndose todo de la dulce paz crepuscular, que lenta y calladamente se establecía sobre valle y monte. En el alto ya temblaba una estrella, Vesper diamantina, que es todo lo que en este cielo cristiano resta del esplendor corporal de Venus. Jacinto nunca considerara bien aquella estrella, ni había asistido a este majestuoso y dulce adormecer de las cosas. Ese ennegrecimiento de montes y arbolados, casales claros fundiéndose en la sombra, un toque durmiente de campana que venía por las quebradas, el cuchichear de las aguas entre los prados, eran para él como iniciaciones. Yo estaba enfrente, en el otro poyo. Y lo sentí suspirar como un hombre que al fin descansa.
En esta contemplación nos encontró Zé Braz, con el dulce aviso de que estaba en la mesa la ceniña. Era, en la otra sala, más desnuda, más negra. Y allí, mi supercivilizado Jacinto reculó con un pavor genuino. En la mesa de pino, recubierta con una toalla, arrimada a la pared sórdida, una vela de sebo medio derretida en un candelero de latón, alumbraba dos platos de loza amarilla, ladeados por cucharas de palo y por tenedores de hierro. Los vasos, de vidrio grueso y empañados, conservaban el tono rojo del vino que por ellos pasara en hartos años de hartas vendimias. El platillo de barro con las aceitunas, deleitaría, por su sencillez ática, el corazón de Diógenes. En el ancho pan de maíz estaba clavado un cuchillo... ¡Pobre Jacinto!
Mas al fin se sentó resignado, y mucho tiempo pensativamente refregó con su pañuelo el tenedor negro y la cuchara de palo. Después, mudo, desconfiado, probó un trago corto de caldo, que era de gallina y olía muy bien. Probó, y levantó hacia mí, su compañero y amigo, unos ojos largos que lucían sorprendidos. Volvió a sorber una cucharada de caldo, más llena, más lenta... Y sonrió, murmurando con espanto:
—¡Está bueno!