Una noche, noche de silencio y de oscuridad, yendo desnuda ya para acostarse en su catre, entre sus dos pequeños, adivinó, más que sintió, un corto rumor de hierro y de disputa, lejos, a la entrada de los jardines reales. Envolviéndose deprisa en un manto, y echando les cabellos para atrás, escuchó ansiosamente. En el sitio enarenado, entre los jazmines, oíanse pasos pesados y rudos. Después se percibió un gemido, un cuerpo cayendo blandamente sobre losas, como un fardo. Descorrió violentamente la cortina. Y allá, al fondo de la galería, avistó hombres, un resplandor de linternas, brillar de armas... Al momento lo comprendió todo; el palacio sorprendido, el bastardo cruel que venía a robar, a matar a su príncipe. Y, rápidamente, sin vacilar, sin dudar ni un segundo, arrebató al príncipe de su cuna de marfil, lo metió en la pobre cuna de rejilla, y sacando a su hijo de la cama servil, entre besos desesperados, acostole en la cuna real, que cubrió con un brocado.

De repente, un hombre enorme, de faz iracunda, con un manto negro sobre la cota de malla, surgió a la puerta de la cámara, entre otros, que erguían linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en donde lucían los brocados, arrancó de debajo la criatura, como se arranca una bolsa de oro, y apagando sus gritos con el manto, echó a correr furiosamente.

El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama quedara inmóvil, en el silencio y en la oscuridad.

Gritos de alarma atronaron a seguida el palacio. Por las ventanas pasó el largo flamear de las antorchas. Resonaban los patios con el batir de las armas. Casi desnuda, desgreñada, la reina invadió la cámara, cercada de las ayas, llamando a gritos por su hijo. Al ver la cuna de marfil, con las ropas desarregladas, vacía, cayó al suelo, llorando, despedazada. En esto, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió la pobre cuna de rejilla... Allí estaba el príncipe, quieto, dormidito, en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba toda la carita entre sus cabellos de oro. Cayó la madre sobre la cuna, con un suspiro, como cae un cuerpo muerto.

Y en este punto un nuevo clamor conmovió la galería de mármol. Era el capitán de la guardia, su gente fiel. Había, sin embargo, en sus clamores, más tristeza que triunfo. ¡Muriera el bastardo! Cogido, al huir, entre el palacio y la ciudadela, aplastado por la fuerte legión de arqueros, sucumbieron, él y veinte de su horda. Su cuerpo estaba allí, con flechas en el flanco, en un charco de sangre. ¡Mas, ay, dolor sin nombre! ¡El cuerpecillo tierno del príncipe allí estaba también, envuelto en un manto, ya frío, rojo todavía de las manos feroces que lo habían estrangulado! Comunicaban así tumultuosamente los hombres de armas la nueva cruel, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas y risas, irguió en los brazos para mostrárselo, al príncipe, que había despertado.

Fue un espanto, una aclamación. ¿Quién lo salvara? ¿Quién?... ¡Allí estaba, junto a la cuna de marfil vacía, muda y tiesa, la que lo salvara! ¡Sierva sublimemente leal! Había sido ella quien, para conservar la vida a su príncipe, condenara a muerte a su hijo... Entonces, solo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa y la llamó hermana de su corazón... Y de entre aquella multitud que se apretaba en la galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese magníficamente recompensada la sierva admirable que salvara al rey y al reino.

¿Y cómo? ¿Qué bolsas de oro pueden pagar un hijo? Un viejo de noble casta propuso que fuese llevada al tesoro real y escogiese de entre sus riquezas, que eran como las mayores de los mayores tesoros de la India, todas las que apeteciese su deseo.

La reina tomó de la mano a la sierva. Y sin que su cara de mármol perdiese la rigidez, con un andar de muerta, como en un sueño, se dejó conducir hasta la Cámara de los Tesoros. Señores, ayas, hombres de armas, seguíanla con un respeto tan enternecido, que apenas se oía el rozar de las sandalias en las losas. Las espesas puertas del tesoro giraron lentamente. Y cuando un siervo abrió las ventanas, la luz de la madrugada, ya clara y rósea, entrando por los enrejados de hierro, inflamó un maravilloso y centelleante incendio de oro y pedrerías.

Del suelo de piedra, hasta las bóvedas sombrías, por toda la cámara, relucían, resplandecían, refulgían los escudos de oro, las armas incrustadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas por cien reyes durante veinte siglos. Un ¡ah!, lento y maravillado pasó sobre la turba enmudecida. Siguió un silencio ansioso. En el centro de la cámara, envuelta en la refulgencia preciosa, el ama no se movía... Apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían erguido para aquel cielo que, más allá de las rejas, teñíase de rosa y de oro. Era allí, en ese cielo fresco de madrugada, en donde ahora estaba su hijo. ¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y aquella criatura lloraría, buscando su pecho!... El ama sonrió y extendió la mano. Seguían todos, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué joya maravillosa, qué hilo de diamantes, qué puñado de rubíes iba a escoger?

El ama alargó la mano hacia un escabel próximo, y de entre un montón de armas cogió un puñal. Era un puñal de un viejo rey, todo guarnecido de esmeraldas, que valía una provincia.