—¡Son diez reales, mi amo!
Introduje la mano en la cartera cargada de millones y saqué las monedas que tenía: 75 céntimos....
El cochero fustigó el anca de la yegua y siguió refunfuñando. Yo balbuceé:
—Tengo letras... ¡Aquí están! Tengo letras sobre Londres, sobre Hamburgo....
—No sirven....
¡Setenta y cinco céntimos!... Y corrida, cena de lord, andaluzas desnudas, todo este sueño expiró como una pompa de jabón dentro de mi alma.
Odié a la humanidad. Otro carruaje atestado de gente alegre, por poco me atropella.
Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volví a mi cuarto piso. Pedí perdón a doña Augusta, aceptando humildemente la comida que se dignó servirme; y pasé esta primera noche de riqueza, bostezando sobre el lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el mezquino teniente con veinte duros de sueldo mensuales, reía con la viola un alegre «fado».
A la mañana siguiente, mientras me afeitaban, reflexioné sobre el origen de mi riqueza. Era evidentemente sobrenatural y sospechoso.