Por la tarde iba a la escuela a admirar a los niños chinos, declinando once horas seguidas. Y, después del refectorio, paseando por el claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostólicas, en el «País de las hierbas», las prisiones soportadas, las marchas, los peligros, en fin, todas las crónicas heróicas de la Fe.

Yo no conté en el convento mis aventuras fantásticas; dije que era un «tourista» curioso que recorría, tomando apuntes, el mundo entero. Y esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de alma, a aquella paz del monasterio.

Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio bárbaro que ahora odiaba terriblemente. Cuando me ponía a pensar que había venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la abundancia de mis millones, y que, apenas llegué, fuí saqueado y apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi cuarto, meditando venganzas horribles.

Retirarme con mis millones era lo más práctico y fácil.

Además, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de Ti-Chin-Fú, me parecía ahora un absurdo, una insensatez de sueño.

Yo no comprendía las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los sabios de aquella raza ¿qué iba a hacer allí, sino exponerme por el aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra?

Ti-Chin-Fú y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento visible hacíame olvidar el deseo de la expiación.

Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vería mis esfuerzos, mi deseo de ser útil a su prole, a su provincia y a su raza, y satisfecho, se acomodaría lo mejor posible para la eterna siesta. ¡Ya, nunca más vería su panza amarilla!

Y entonces me mordía el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar la alegría de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de las flores de la civilización.

Mas la viuda de Ti-Chin-Fú, las mimosas señoras de su descendencia, los nietos pequeñitos... ¿los dejaría bárbaramente morir de hambre y frío en las negras viviendas de Tien-Hó? No. Esos no eran culpables de las pedradas que me tiró el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo católico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no podía partir del Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y las comodidades honestas que recomendaba el clásico de la Piedad Filial.