»Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena señora Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable «Tú-Tú» desapareció en la mañana del quince. Hizo la policía averiguaciones urgentes, mas «Tú-Tú» no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor cuanto es sabido que el populacho de Pekín aprecia extraordinariamente estos perritos, guisados en caldo de azúcar. Ha ocurrido un hecho abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa petulante madame Gujón, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en la última comida de la legación, dió, despreciando todas las reglas internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa, a un súbdito inglés, Lord Gordon. ¿Qué me dice usted de esto? ¿Es creíble? ¿Es razonable? ¡Eso es destruir el orden social! ¡El brazo y la derecha en la mesa a un súbdito, a un escocés de color de piedra, un mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y yo!

»Esto ha causado en el cuerpo diplomático, una sensación inenarrable. Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff, moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave—¡muy grave!—Lo que prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamín del «Gallo enjuto». ¡Qué asco! ¡qué podredumbre!... La generala no está buena, desde que usted partió para esa maldita Tien-Hó; el doctor Pagloff no atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne indolencia que la tiene horas enteras inmóvil sobre el sofá, en el «Pabellón del Reposo discreto», con la mirada vaga y la boca llena de suspiros.

»Yo no me desespero; sé perfectamente el mal que la mina, es una afección a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas, durante nuestra estancia en Madrid... ¡Hágase la voluntad del Señor! Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted a París, si va a París, le remita por el correo de la Embajada para San Petersburgo (de allí vendrá a Pekín) dos docenas de guantes de doce botones, número «cinco y tres cuartos», de la marca «Sol», de los almacenes del Louvre; así como las últimas novelas de Zola; «Mademoiselle de Maupín», de Gautier, y una caja de frascos de «Opoponex».

»Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la Embajada francesa para no tener relaciones con el «Gallo enjuto», y vivimos ahora en el Palacio de la Legación de Inglaterra. Estos son los inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la cancillería de San Petersburgo.

»Allí saben perfectamente que en Pekín no hay palacios; que cada legación tiene el suyo propio, como importante elemento de instalación y de influencia. ¡Mas en la corte del Czar se desatienden los más serios intereses de la civilización rusa! Todo lo dicho es lo único nuevo que acontece en Pekín y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos los de esta Embajada, y también del condesito Arturo, el Zizí de la legación española, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envío el testimonio de mi amistad.

General Camilloff.»

»P.S.—En cuanto a la viuda y familia de Ti-Chin-Fú hubo un engaño; el astrólogo del templo de Jagua se equivocó en su interpretación sideral; no es realmente en Tien-Hó donde reside esa familia. Es al Sur de la China, en la provincia de Cantón. Mas también hay una familia Ti-Chin-Fú más allá de la gran Muralla, casi en la frontera rusa, en el distrito de Ka-ó-li. Ambas perdieron el jefe y ambas están en la miseria. Por lo tanto, esperando sus nuevas órdenes, no retiré el dinero de casa de Tsing-Fó. Esta reciente información me la envió hoy su excelencia el príncipe Tong, con un delicioso tarro de compota de exquisitos almíbares.

»Debo anunciarle que nuestro buen Sa-Tó apareció hace días de regreso de Tien-Hó, con el labio partido y leves contusiones en el hombro, habiendo salvado solamente del saqueo una litografía de Nuestra Señora de los Dolores, que por la dedicatoria manuscrita veo que perteneció a vuestra respetable mamá.

»Mis valientes cosacos se quedaron allá en un pozo de sangre. Su excelencia el príncipe Tong me ha ofrecido pagar por cada uno diez mil francos, tomados de la suma que, en concepto de indemnización ha impuesto a la ciudad de Tien-Hó.

»Sa-Tó me dice que si usted, como es natural, vuelve a empezar sus viajes a través de la China en busca de la familia Ti-Chin-Fú, él se considera honrado y venturoso en acompañarle, con una fidelidad de perro y una docilidad de cosaco.