—¿No comprendéis?—preguntó.
—No, por cierto,—repliqué.
—Entonces no pertenecéis a la hermandad.
—¿Cómo?
—No, sois masón.
—Sí, sí,—aseguré,—sí, sí.
—¿Vos? ¡Imposible! ¿Masón?
—Masón,—repliqué.
—Aquí está,—respondí, sacando una llana de entre los pliegues de mi roquelaure.